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La combinación de un discurso estridente, el cansancio social y muchos recursos para financiar estos proyectos dan paso a reacciones emotivas de los electores que no siempre aciertan en sus decisiones. Ése es uno de los riesgos de la democracia.

Es el hartazgo ante las opciones institucionales de la política el común denominador que permite fenómenos como estos: un cómico que aventaja las elecciones presidenciales de Guatemala, un futbolista que será presidente municipal de Cuernavaca, un bronco en Nuevo León, un Syriza en Grecia o un Hugo Chávez en Venezuela.

El populismo y la demagogia sí son un peligro mundial porque usan los sentimientos colectivos como motor de sus ambiciones.

Cuando el presidente Enrique Peña Nieto lo mencionó en su discurso político tras la presentación de su Tercer Informe de gobierno, de manera unánime y automática volteamos a ver a Andrés Manuel López Obrador. La razón es obvia: ése es un auténtico populista y busca el poder de este país.

Pero la amenaza no sólo llega desde la careta de la izquierda. El populismo no distingue geometrías políticas ni colores de banderas. Basta usar un lenguaje hueco, encendido, encolerizado y hasta vengativo para encender el ánimo de los desesperanzados.

El populismo se lleva muy bien con las crisis, porque siempre provocan un exceso de su materia prima: ciudadanos con una economía complicada y por lo tanto una decepción de sus modelos de liderazgo.

Pero incluso antes que nuestros propios riesgos populistas, repentinamente tenemos una amenaza real sobre la cabeza que puede afectar enormemente el desarrollo de este país.

Si en un principio parecía como una campaña publicitaria para vender más condominios de lujo en Las Vegas o Nueva York, la realidad es que con el paso de las semanas el discurso populista y demagogo ya forma parte de las precampañas presidenciales de Estados Unidos.

Es un hecho: Donald John Trump no es ninguna broma, es la voz que muchos estadounidenses esperaban escuchar porque refleja su forma de pensar nacionalista, excluyente, racista y resentida. Sólo que lo políticamente correcto había mantenido esas voces limitadas.

Hoy las posibilidades de Donald John Trump de ser presidente de Estados Unidos en las elecciones del próximo año son reales. Inició su aventura republicana con menos de 5% de las preferencias electorales. Sin embargo, de acuerdo con un promedio de diferentes encuestas que hace Real Clear Politics, hoy tiene 27.8% de las preferencias. Muy, muy por arriba de cualquier otro.

Trump puede ser presidente de Estados Unidos y entonces podrá cumplir con sus promesas, con sus amenazas. Quizá no pueda construir un muro en la frontera, como lo anunció, pero sí podría complicar las relaciones bilaterales, sobre todo en el comercio.

Y si Trump no llega, sí está obligando a los demás a subir la belicosidad de su discurso para complacer a los radicales que hoy han despertado.

Entre otras medidas antimexicanas, este magnate radical planteó establecer aranceles a las importaciones mexicanas. Por supuesto que acabaría con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte el día uno de su mandato.

Pero lo que propone, por ejemplo, es establecer un impuesto de importación de 35% a los autos hechos en México.

En Estados Unidos se vendieron entre enero y agosto 11 millones 500,000 vehículos; de ellos, 1 millón 323,000 fueron hechos en México. Aplicar un arancel a esas unidades implicaría sacar del mercado casi por completo a la industria automotriz mexicana.

Trump y su discurso avanzan, no son una broma, son una amenazante realidad que más nos vale no perder de vista.