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Uno de los mejores momentos de la economía de Estados Unidos se dio en la última década del siglo pasado.

El republicano George H. W. Bush negoció con México y Estados Unidos un acuerdo de libre comercio, el TLCAN, y el demócrata Bill Clinton recompuso la salud financiera de la economía más grande del mundo.

Clinton recortó el gasto, aumentó los ingresos, entregó el presupuesto en equilibrio; redujo la inflación, aumentó el empleo, incentivó el desarrollo de los mercados bursátiles y, a pesar de todo, se le recuerda por el proceso de impeachment.

Así, un buen Presidente estuvo a punto de ser destituido por faltas morales, lo libró, pero quedó permanentemente marcado. Mientras que Donald Trump salió fortalecido, en su primer mandato, de dos procesos de destitución, uno por conspiración internacional y otro por incitación a la insurrección.

Hoy Trump no sólo goza de una mayoría en las dos Cámaras del Congreso, sino que tiene un halo protector ante un grupo extenso de electores que encontraron en su discurso populista un eco de sus sentimientos.

En México sabemos muy bien los efectos de un personaje carismático, mesiánico, pero hueco de ideas y conocimientos. Tenemos muy claro que con los regímenes autocráticos de corte populista el sentido común queda totalmente ausente hasta que es demasiado tarde.

En nuestro país, con todo y los evidentes daños económicos, estructurales, democráticos y sociales, todavía no hay espacio para un entendimiento colectivo del tamaño del problema en el que nos metimos con Andrés Manuel López Obrador.

En Estados Unidos tampoco hay margen para una amplia comprensión social del boquete que un solo hombre genera ahora mismo en su economía, sus finanzas y sus relaciones sociales.

Los participantes de los mercados financieros estadounidenses escucharon, como todo el mundo, las propuestas de la tercera campaña presidencial de Trump y parece que no le creyeron del todo.

Inició su segundo mandato con los mercados bursátiles marcando máximos históricos y con grandes expectativas de la prometida baja de impuestos a los grandes contribuyentes.

Pocos creían que fuera capaz de destruir el orden mundial del libre comercio que había funcionado por más de medio siglo.

Cuando a mediados de febrero pasado se dieron cuenta que era en serio, inició la corrección y cuando la semana pasada los aplicó, se desató el pánico.

Un Presidente de Estados Unidos que actúa como Trump, que aplica a China aranceles adicionales de 34% y que amenaza con llegar a 50% ante la reacción en espejo de Beijing, no está actuando con sensatez.

Pero Donald Trump hoy es el intocable presidente de Estados Unidos, hay pocas voces que internamente se atreven a cuestionar la lógica de sus decisiones, pero en silencio aumenta el descontento republicano.

Pero nadie se atrevería desde las entrañas de su propio partido político a abrir un frente de oposición en contra de su Presidente, mucho menos de proponer alguna acción correctiva necesaria del tamaño de un proceso de impugnación.

Donald Trump siempre fue visto como el muy, muy duro negociador, capaz de llevar a la desgracia a sus contrapartes con tal de obtener lo que quería. Pero hoy ha acercado a su propia economía al barranco económico y nadie puede hacer nada para frenar a Trump el intocable.