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El dinero barato por decreto es una vieja tentación populista que ya no es tan fácil de conseguir en estos tiempos en que se espera de los bancos centrales una actuación autónoma, apegada a sus mandatos.

Ya sea de manera descarada y hasta abusiva, como lo hace Donald Trump con la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed), o de forma privada y cordial como parece ocurrir en el caso del Banco de México, pero la búsqueda de una baja en las tasas de interés es en beneficio de los gobiernos de ambos países.

Trump cree que con una baja sustancial en las tasas de interés impulsará la economía de su país hacia niveles más dinámicos de crecimiento; por ello presiona, hasta por la vía judicial, para que el banco central de allá reduzca el costo del dinero.

Acá, con una discreción exquisita, las autoridades fiscales no niegan que una menor tasa de interés de su deuda sería una gran contribución para el hasta hoy fallido proceso de corrección fiscal.

Lo que no pueden perder de vista ambos gobiernos es que las presiones inflacionarias no se han ido a ningún lado y que ambas economías enfrentan la amenaza de un recalentamiento de los precios que arruine la economía de sus ciudadanos.

Las minutas de las reuniones más recientes de ambos institutos centrales dejan ver dos caminos diferentes, a pesar de la pausa en las bajas de ambos bancos.

La Fed, todavía con Jerome Powell al frente, destaca un mensaje de prudencia frente al impudente. Su advertencia es que la pausa en la baja de la tasa referencial podría prolongarse, incluso revertirse hacia nuevas alzas, si la inflación no converge a 2 por ciento.

Mientras que desde el búnker del Banco de México dejan ver que la pausa en la baja de la tasa interbancaria puede ser la excepción y telegrafían futuros nuevos recortes, lo que debilita su supuesta señal de prudencia.

Esta divergencia en señales entre los dos bancos puede estrechar el diferencial de tasas de una forma inquietante.

Cuando esa mayoría de la Junta de Gobierno del Banco de México justifica la baja con el argumento de una desaceleración económica, mientras la inflación subyacente sigue por arriba de los objetivos, la sospecha de una captura institucional por parte de la Secretaría de Hacienda se vuelve inevitable.

Parece mentira, pero uno de los principales activos que hoy tiene la Reserva Federal, con todo y su clara división interna, es la demostración de autonomía y la forma como Jerome Powell ha resistido los embates brutales del presidente Trump y, con todo y ellos, lograr que el banco emisor diga con todas sus letras que puede responder con intolerancia ante las presiones inflacionarias. Esa resistencia se traduce en un enorme capital de credibilidad.

Acá no hay gritos al Banxico, pero hay suspicacias en los mercados respecto al papel de una mayoría de la Junta de Gobierno del Banxico que buscarían priorizar el alivio presupuestario del Gobierno Federal sobre su mandato único.

Caminar en sentido contrario de la prudencia deja la factura más cara para un banco central: perder una credibilidad difícil de recuperar.