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En la historia de los informes presidenciales mexicanos, en los que la función del ritual es solamente la ratificación del poder, apoyada en un abrumador torrente de cifras y de retórica indiscutible —porque lo digo yo— hay solamente uno en el que el protagonista y autor se apartó del canon triunfal para decirles a los mexicanos: fracasé.

El primero de septiembre de 1982, luego de algunas florituras de su verbo, que no era malo —como aquella de «que soy responsable del timón, no de la tormenta»—, José López Portillo, hacia el final de su informe, se refirió a lo que, si tuviera que pedir algo a los mexicanos marginados, les pediría perdón.

A mi juicio, es una de las pocas frases de un presidente de México diciendo verdad. Pudieron haberlo imitado tantos…

Porque todos los demás presidentes de mi país, incluyendo a la señora presidenta con A de mujer, en sus interminables deposiciones verbales de todos los años, solamente ratificaron el credo de mi abuela: dime de qué presumes y te diré de qué careces.

¿Qué nos han dicho todos los presidentes de México?

Que vivimos en el mejor de los mundos imaginables. Que nuestros niños tienen todas las escuelas que necesitan, nosotros todas las medicinas que nos hacen falta y nuestras familias toda la seguridad que requieren a fin de que nuestras niñas y niños puedan salir a jugar a las calles, las muchachas a besuquearse con sus novios en el cine con penas solo morales y nuestras mujeres a casa de sus amigas a «echar el chal».

Pues no.

Escuchando los informes presidenciales sabíamos que las escuelas incontables que llenaban hojas del texto ovacionado, en realidad carecían de pupitres o vidrios en las ventanas. Muchas sin excusados y algunas —peor, si se puede— sin profesores. Lo mismo en la salud, la seguridad o la producción alimentaria. Dime de qué presumes…

Doña Claudia Sheinbaum de Tarriba centró su mensaje político a propósito del segundo informe de su gobierno, ahora itinerante, en algo más allá de las camas de hospital, las becas a tutiplén en todos los niveles escolares, el dinero público disperso en abonos chiquititos a los mayores, aunque todo ello fue mencionado por aquello de dime de qué presumes para saber de qué careces. Se trataba de presumir.

Y aquí fue cuando salió el peine.

Con énfasis poco usual, la señora presidenta fustigó a los que se empeñan en difundir y celebrar las pugnas internas que el movimiento que la llevó al poder, y el partido que ahí la sostiene, están atravesando actualmente. Nada de eso, dijo: estamos más unidos que las bolas de un muégano. Estamos más unidos que nunca. Quiso que la oyeran urbi et orbi. O por lo menos, hasta La Chingada. Dime de qué presumes y te diré de qué careces.

Unidad. Que no quede huella, que no, que no, que no quede huella.

Porque lo que quisieran los malvados es una ruptura y enfrentamiento dentro de Morena; y desde luego, un brutal enfrentamiento entre Claudia Sheinbaum y Andrés Manuel López Obrador, a quien doña Claudia nombró, muy al estilo estadounidense, «el presidente».

En el resto del mundo, los ex son simplemente ex; pasan a ser ciudadanos. Aunque hayan sido novia, marido, alcalde, profesor o presidente. Cuando dejan de ser eso, pierden el título. Solo en Estados Unidos, un par de repúblicas retrógradas sudamericanas y, desde ahora, el México melancólico de doña Claudia, siguen siendo presidentes. ¿Diría doña Claudia en un discurso de rompe y rasga «el presidente Felipe Calderón»?

¿No será que la abuela tenía razón en lo de dime de qué presumes…?

Y ¿si estamos presumiendo que hay mucha presidentA? Dime de qué presumes…

Eso querría decir que el barón de Macuspana sigue mandando.

PILÓN PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): Dice el corrido célebre que quince años tenía Martina cuando perdió la virginidad. Mi periódico diario de ayer afirma que un tal Alberto, a quien sus cuates llamaban «el Nini» y nosotros debemos nombrar Alberto «N», por la estupidez de nuestros códigos penales, tenía también 15 años cuando la vida perdió en una ranchería de Michoacán, dentro de una balacera intensa de policías y ladrones.

El joven Alberto murió en el ejercicio de su trabajo. Era pistolero del cártel de Los Reyes desde temprana edad. Nadie dice qué tan temprana.

Lo que sí dicen es que Alberto era del círculo más íntimo, escolta personal de Luis Enrique Barragán, conocido como el R5, líder del clan de Los Reyes que se dedicaba a extorsionar a los cultivadores de limón y aguacate en su tierra. Los dos están muertos.

El chaval tenía quince años.

Y, según le dijeron sus patrones, un breve futuro, pero muy placentero, adelante.

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