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A un país que claro que tenía dificultades, una mayoría dio paso a un régimen que, entre muchas otras cosas, renunció a las tres facultades monopólicas que le brinda la Constitución: el uso de la fuerza, la creación de leyes y el cobro de impuestos.

El rompimiento de ese orden constitucional es lo que ha desmantelado peligrosamente la estabilidad del país, más allá de que la corrupción y la impunidad gozan de cabal salud, a pesar de las promesas.

Abrazar a los delincuentes fue mucho más que no perseguir sus crímenes, fue una patente de corso para que el ejercicio de la fuerza hoy la ejecuten los grupos criminales que en no pocos territorios del país tienen control sobre las instituciones encargadas de brindar seguridad.

La entrega al crimen de amplios territorios del país reescribe muchos códigos de conducta social, son las leyes que dicta la delincuencia las que privan y las que controlan hasta la designación de candidatos y autoridades.

Y de aquella facultad exclusiva que tenía el Estado mexicano de cobrar impuestos, lo que resulta es que hoy la extorsión, el cobro de piso, el control de no pocas cadenas productivas se ha convertido en todo un sistema tributario paralelo al oficial.

El otro rompimiento, el del papel del Ejército en la vida institucional de este país, cierra la pinza de una herencia que va a tener implicaciones muy serias y graves, que van más allá de corregir las, tan equivocadas, políticas públicas aplicadas.

Se ha desestructurado al país ante nuestros ojos y somos una sociedad que ha dado ese pasivo aval con tolerancia e indiferencia.

Aceptamos que nos digan que este es un proceso electoral sin violencia cuando presenciamos imágenes en primer plano de la ejecución de varios candidatos.

Hay paz social, pregonan, cuando somos una sociedad que tolera que un grupo de encapuchados, ¡que defienden a Palestina! Prendan fuego a policías que tienen la orden de aguantar, no defenderse y menos de aplicar la ley.

Puede un grupo de rijosos, cobijados con el manto del movimiento magisterial, dejar sin gasolina a la mitad de un estado como Chiapas y no pasa nada. Y estos son ejemplos de un solo día.

Cientos de extorsiones diarias, asalto a camiones a cualquier hora, cobro de cuotas a aguacateros, limoneros y demás. Toques de queda impuestos por los grupos delincuenciales, un crimen que gobierna amplios territorios del país.

Es difícil dimensionar desde dentro las razones para que, como sociedad, hayamos permitido esto. Lo más cercano para explicarlo es el Síndrome de Estocolmo, que es descrito como esa experiencia psicológica paradójica que se caracteriza por el desarrollo de un vínculo afectivo entre los rehenes y sus captores.

Pero hay una muy buena pista de lo que ocurre en México y para ello tenemos que ver lo que pasa en Estados Unidos.

Porque sí nos cuesta trabajo entender cómo un personaje como Donald Trump se puede comparar con la Madre Teresa de Calcuta, o que sepa que puede matar a alguien en la 5ta Avenida con total impunidad, o que empiece sus mítines de campaña con un video que se llama “Dios hizo a Trump”.

Podemos, pues, entender la idolatría de un personaje tan dañino e impresentable en Estados Unidos, pero aquí no.