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Melissa Márquez y Aylin Ibarra dieron a México el primer oro tras recorrer los 2 mil metros; Rafael Mejía y Roberto Ahumada lograron el bronce
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"No soy responsable de la política arancelaria de EE.UU. Imponer aranceles unilaterales rompe el TLC", afirmó Petro
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Colegas de la pareja señalaron que ambos cuentan con visas religiosas y han servido por más de una década en la Comunidad Cristiana Emmanuel
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Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua figuran entre los países más expuestos a los efectos del fenómeno de El Niño
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Trump bromeó sobre las medidas de seguridad en la cena de corresponsales celebrada en el Hotel Waldorf Astoria de Washington

“El Estado español, derrotado en Cataluña”, este fue el titular inmediato del diario The Guardian al terminar la ruinosa jornada del plebiscito catalán el domingo pasado. John Carlin, entrevistado por la televisión española, dijo: “Esta es la peor imagen de España que ha visto el mundo desde Franco”. J.K. Rowling descargó en su cuenta de Twitter: “Esto es repugnante e injustificable”. Y Pep Guardiola: “Basta. Le han roto los dedos a una joven porque quería votar”. Habían dado la vuelta al mundo las imágenes de la violencia policial que acabaron diciéndolo todo, ese día, sobre la jornada: una derrota política, quizá histórica, para España, un triunfo resonante pero peligroso, inflamable, para los independentistas de Cataluña. La deriva independentista ganó la partida mediática el domingo, contra sus propias leyes constitutivas y del orden constitucional de España. Fue la batalla de unos líderes catalanes hábiles, montados en la ilegalidad y en las emociones colectivas, y un gobierno nacional torpe, montado inflexiblemente en la Constitución. La ley no hace política. Y aplicada a rajatabla largamente, como el PP y Rajoy la han aplicado a Cataluña, conduce a la negación de la política y, con el tiempo, paradójicamente, a la ilegalidad. Si la aplicación de las leyes bastara para gobernar, no harían falta sino jueces, reglamentos y policías. La torpeza de Rajoy y de sus extremas medidas legales para contener un plebiscito que, según sus propias palabras, era inexistente, no quita un ápice de ceguera a la causa del nacionalismo catalán. De todo lo que sucedió en Cataluña, acaso lo de más larga duración termine siendo la sinceridad con que la causa nacionalista ha tomado el corazón de su sociedad, en particular de los jóvenes que vimos el domingo, una y otra vez, resistiendo los embates de la Policía Nacional y la Guardia Civil. Creo que, en el fondo, combaten aquí dos nacionalismos encendidos: el nacionalismo español a la Rajoy, con su linaje franquista, y el nacionalismo catalán, con su reciente impronta brexit: oportunista, aventurero y caro. Son nacionalismos hermanos y enemigos, un peligro paralelo para la España democrática autonómica, plural, que hemos aprendido a admirar fuera de España. (Fe de erratas en mi columna de ayer: es Pepe Delgado, no Pepe Salgado). [email protected]