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El plebiscito de Cataluña ha sido una derrota para Rajoy y un triunfo para el independentismo, pero un triunfo que, de llevarse a sus consecuencias anunciadas, podría ser pírrico para Cataluña.

Un eje del debate de los medios españoles en estos días ha sido asignar responsabilidades en el desaguisado: cuántas para Rajoy, cuántas para Puigdemont y Junqueras.

Imposible negar la deriva provocadora de los líderes de la Generalitat, su persistente, intencionada, premeditada ilegalidad.

Imposible negar, también, que los responsables históricos de este pleito son Rajoy y el Partido Popular. Se dedicaron 11 años a destruir el arreglo que se había logrado en 2006 con el Estatut catalán, votado aprobatoriamente por las Cortes, por el Parlament y por 73 por ciento de los españoles en el referendo del 18 de junio de 2006.

Después de este referendo, que el PP había exigido, el mismo PP denunció el Estatut ante el Tribunal Constitucional, impugnando hasta sus comas.

En 2010, el Tribunal Constitucional rechazó el Estatut y abrió la guerra de intransigencias mutuas que ha conducido a la situación actual.

Rajoy y el PP son en esto los necios históricos, y es claro que están frente a otros necios que expresan, sin embargo, el sentir nacionalista, ahora probablemente más extendido, y radical, de al menos la mitad de Cataluña.

Rajoy lleva la ventaja enorme de que representa la causa constitucional de España, la España legal y democrática.

Puigdemont y Junqueras representan el aventurerismo secesionista, la ilegalidad intencional desvergonzada que censura Europa.

La pregunta es hasta dónde llegará el forcejeo y si el mensaje del rey Felipe VI, constitucionalista a rajatabla, calmará o terminará de precipitar a los independentistas de Cataluña en la aventura.

Ojalá lo primero, aunque no es lo que anuncian las primeras, escasas y desdeñosas, respuestas catalanas a su mensaje ni el desmarque antimonárquico de Podemos.

El hecho es que miramos desde fuera, desconcertados, con desasosiego y tristeza, lo que sucede en España. Están echando a perder el arreglo político más venturoso de la historia de ese país: el de una Cataluña autónoma y próspera, dentro de España y una España unida y próspera, dentro de Europa.

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