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Esta es una defensa de quien en opinión del químico James Lovelock (1919-2022) es un ser vivo al que hemos maltratado y usado como si nos perteneciera: El planeta Tierra.

Durante siglos, la humanidad se comportó como si la Tierra fuera una madre abnegada, siempre disponible, siempre indulgente, siempre dispuesta a limpiar los desastres de sus hijos aunque ellos negaran cualquier responsabilidad. “¿Basura yo? ¡Jamás!”, parecía decir cada civilización mientras arrojaba sus desechos al mar o talaba otro bosque. Pero resulta que incluso las madres más pacientes tienen un límite. Y la Madre Tierra —la misma que nos toleró desde las pinturas rupestres hasta los altos rascacielos— está en etapa de hartazgo.

De pronto, lo que antes sonaba a fantasía de unos cuantos progresistas —eso de que la Tierra tiene derechos— empieza a parecer una medida urgente. Porque cuando un planeta entero te manda señales tan claras como tsunamis, secuelas de calor inusitadas, tormentas y ciclones que parecen efectos especiales, sequías que convierten los verdes campos en desiertos e inundaciones que convierten las poblaciones en lagos, quizá sea el momento de admitir que no estamos ante simples “eventos climáticos”.

Estamos ante una protesta. Una protesta planetaria. Y bastante más ruidosa que cualquier marcha humana Cuando la naturaleza se harta y decide contestar, La Tierra, esa señora que lleva 4.5 mil millones de años rotando sin cobrar alquiler, está diciendo: “Hasta aquí.” Y nosotros seguimos sorprendiéndonos como si no fuera evidente. ¿Bosques incendiados? ¿Inundaciones? ¿Glaciares derritiéndose? ¡Qué curioso!, decimos, como si fuera una ocurrencia del clima y no la factura ambiental que llevamos décadas posponiendo.

Pero la ironía mayor es que, mientras el planeta protesta a gritos, seguimos discutiendo si deberíamos o no otorgarle derechos. Como si la Tierra necesitara nuestro permiso para defenderse. Como si la atmósfera fuera una empleada doméstica que debe agradecer su sueldo mientras respiramos y emitimos dióxido de carbono con el que causamos el nocivo efecto invernadero.

Tal parece que los seres humanos somos depredadores profesionales con pésima memoria, poseemos dos habilidades extraordinarias: Transformar el mundo a velocidades imposibles y olvidar rápidamente las consecuencias. Inventamos el plástico para resolver problemas prácticos y luego inundamos los océanos con él. Descubrimos los combustibles fósiles para impulsar el desarrollo y terminamos calentando el planeta como si fuera un horno. Expandimos ciudades sin medida, talamos bosques que nos daban oxígeno gratis y ahora nos quejamos del aire sucio con la misma sorpresa que de quien le prende fuego a su casa y exige cobrar el seguro.

Cada vez que alguien propone reconocer los derechos de la Madre Tierra, surgen voces que dicen: “¿Derechos para un planeta? ¡Ridículo!” Ridículo, claro. Mucho más ridículo que seguir actuando como si el planeta tuviera repuestos. Cuando la justicia intenta hacer las paces con la física para reconocer los derechos de la Madre Tierra no es un acto poético ni una moda ecologista. Es un intento —bastante tardío, hay que admitirlo— de poner reglas donde el desorden ya es insostenible. Pensemos en esto: Si a un río lo tratamos como persona jurídica, quizá deje de ser basurero y recupere la dignidad que perdió entre llantas viejas y espuma tóxica. Si a un bosque le reconocemos el derecho a existir, tal vez dejemos de verlo como un proveedor de madera. Si la atmósfera tiene derecho a no ser contaminada tendremos que dejar de usarla como cenicero global. La Tierra no está pidiendo nada excepcional. Solo lo básico: seguir viva. Que no la asfixiemos, que no la talemos, que no la incendiemos. Y que, de vez en cuando, recordemos que ella no gira alrededor de nosotros si no nosotros alrededor de ella. El calentamiento global es, en esencia, el planeta presentando una queja formal. Nos dice: “ya no puedo con ustedes, búsquense otro hogar”.

Punto final

La salvación del planeta sería una invasión de extraterrestres que comieran basura y orinaran gasolina.