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Luego de dos semanas de vacaciones que, mañosamente, prolongué a 20 días de ausencia en El Economista, regreso a sus páginas. Comenzaré con la manifestación de mi deseo de que en este 2015 no se cumplan los pronósticos que las circunstancias políticas y económicas auguran.

Dicho lo anterior, compartiré con los lectores un hecho de mi infancia: Al igual que mis padres y la mayor de mis hermanas, mi abuela era española, de Madrid para más señas; hablaba en voz alta y miraba a los ojos; católica a su manera, blasfemaba. Yo, por ese entonces alumno de un colegio de enseñanza religiosa donde me habían dicho que blasfemar era sacrilegio, al escucharla esperaba que un rayo de origen divino cayera y la fulminara (siempre pensé que si el rayo no caía era porque en la blasfemia pronunciada por mi abuela además del insulto se vislumbraba cierto grado de piedad: “Me cago en Jesucristo y en su madre María santísima que como debe de haber sufrido la pobrecita”-decía).

Años después, el escritor Ricardo Garibay, en una de sus charlas televisadas, planteó el cuestionamiento: ¿Por qué el español blasfema y el mexicano no? Su respuesta desentrañó un misterio que perturbó mi infancia e inquietó mi adolescencia: “El español blasfema porque le pertenece el idioma con él que lo hace y el Dios a quien injuria”.

Para entonces, mis ideas religiosas habían sufrido transformaciones producto del libre pensamiento, lecturas y amistades. También por ósmosis y mimetismo era yo, idiosincráticamente, ciento por ciento mexicano, al grado que gané anillo y medalla de oro en un campeonato regional de albures -Juegos Coliflorales-; así que al saber la teoría del gran Garibay, proferí con vehemencia: Me cago en Huitzilopochtli y lamenté no hablar náhuatl.
Hablar de la blasfemia viene al caso por lo sucedido en París, Francia, el pasado 7 de enero, cuando tres hombres encapuchados irrumpieron en la sede de la revista satírica Charlie Hebdo, mataron a 12 personas e hirieron de gravedad a cuatro. Los asesinos resultaron ser tres fanáticos yihadistas que atacaron al semanario francés por considerarlo blasfemo, ya que publicó, en repetidas ocasiones, caricaturas del profeta Mahoma.

Charlie Hebdo

Para el que escribe lo que usted lee, es importante dejar asentadas dos verdades de Perogrullo: La libertad de expresión es un valor inherente a la democracia, un derecho humano, jamás debe ser censurada. La sátira y la crítica con sentido del humor son frutos de la inteligencia tanto de quienes las crean como de quienes las comprenden.

Por supuesto que la muerte de los periodistas, empleados, dibujantes y vigilantes de Charlie Hebdo es algo que causa aversión. Nadie puede justificar un asesinato. Sin embargo, hay que examinar, sin hipocresía ni maniqueísmo, las circunstancias en que se da el hecho. Sucede en el país donde nacieron los derechos ciudadanos: la igualdad, la libertad y la fraternidad. Conceptos que tienen por sustancia la tolerancia para la convivencia. A su vez, los asesinos, de éste calificativo es imposible sustraerlos, son terroristas, fundamentalistas islámicos; teócratas a los que no les importa morir si mueren por Alá y su profeta Mahoma. El contexto en el que se dio el atentado es una Francia xenofóbica, particularmente islamofóbica, que desprecia a los migrantes por cuestiones culturales, raciales y religiosas

Aquí es donde al autor de estas líneas le surgen dudas y preguntas. ¿Será viable que Occidente mire a Oriente con empatía y viceversa? ¿Es posible ejercer la igualdad, la libertad y la fraternidad, sin aplicar la tolerancia? ¿Por defender la libertad de expresión las demás libertades y la igualdad y la fraternidad pasan a ser pura retórica? ¿Se vale que una libertad atente contra otra? Esto es que la libertad de expresión se contraponga a la libertad de creencias. ¿Lo sucedido en París el 7 de enero es consecuencia de dos fanatismos: el fanatismo laicista de los autores de la revista de marras y el fanatismo religioso de los atacantes yihaidistas? ¿Realmente Charlie Hebdo es una revista de izquierdas como se define? ¿Es la extrema derecha la que más partido le ha sacado al atentado y a su secuela, la manifestación “je sui Charlie” a la que se unió, en primera fila, el derechista español Mariano Rajoy, no obstante que hace unos meses en España fue censurada la revista humorística Jueves -que se publica los miércoles- por traer en su portada un chiste sobre la abdicación del rey Juan Carlos?

Si alguien me puede contestar las preguntas que aquí hago se lo agradeceré, porque disipara las dudas que en este momento tengo.

El sumo pontífice de la Iglesia católica, Francisco, defendió la libertad de expresión como derecho humano fundamental, pero hizo ver que tiene límites sobre todo cuando se burla de la fe de otros. Para poner un ejemplo de lo hablado, el obispo de Roma dijo: “Si mi buen amigo el doctor Gasparri dice una mala palabra sobre mi madre, puede esperar en respuesta un puñetazo”

Tal vez al Papa se le podría hacer una llamada de atención sobre el tono beligerante con que se expresó y recordarle la mansedumbre de Jesús que predicó: “A quien te abofetee la mejilla derecha, ofrécele también la otra”. A lo cual el pontífice puede replicar: “Me parece lógico ofrecer la otra mejilla porque mejillas tenemos dos, pero madre… madre no hay más que una”.