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Es tan grande la confusión ética del otoño que prácticamente cada lance, individual, colectivo, se puede leer en forma contrapuesta. Por ejemplo, el discurso con que Eugenio Derbez inauguró el Teletón. ¿Valeroso, valioso, farsa, inverosímil, ayudó, estropeó?

“Hasta se ha comentado que si la lana del Teletón se usó para construir la mansión de Las Lomas”, dijo el comediante. “Yo creo que no debemos mezclar las cosas negativas que están ocurriendo en el país, con algo tan positivo, como el Teletón”.

Para Álvaro Cueva, el mayor crítico de la televisión mexicana, el discurso de Derbez sirvió para hacer crecer el odio. Amigos sensatos piensan que el actor se equivocó al politizar un evento noble. Otros consideran que fue un poco de teatralidad para limar los inevitables cuestionamientos por aparecer ahí.

Escuché también pasionales y racionales respaldos a Derbez, Carlos Loret de Mola y el propio Fernando Landeros, presidente del Teletón, por salir a atajar la aversión, la mala voluntad.

Derbez me contó ayer que metió su discurso de contrabando: “Absolutamente nadie sabía lo que iba a decir, porque si pedíamos permiso, nos iban a decir ‘no lo digas’”. Pero a la pregunta de si los directores de Televisa le reclamaron, respondió que no, que lo tomaron con buena filosofía. Luego agregó: “Yo fui únicamente a ayudar a Fernando Landeros, no a Televisa”.

En fin, he aquí otro ejemplo de cómo se ha extraviado el silogismo categórico. Armani afirmaba que el auténtico lujo es decir lo que uno piensa. Y Unamuno decía que si un hombre nunca se contradice será porque nunca dice nada.

Los días de la confusión. Next!