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El cinismo en la política mexicana no es ninguna novedad, la certeza de impunidad ha llevado en la historia a varios personajes a sincerarse hasta el descaro. “La moral es un árbol de moras y sirve para pura…”, rezaba la máxima de Gonzalo N. Santos en sus memorias, en un resumen perfecto del descaro que se convirtió en anécdota, no en consecuencias.

Sin embargo, la reciente publicación de “Ni venganza ni perdón”, de Julio Scherer Ibarra, podría trascender el terreno de la simple anécdota del descaro político para convertirse en un activo de un Washington híper vigilante.

Para la administración de Donald Trump, los presuntos vínculos entre el poder político y el crimen organizado en México han dejado de ser expedientes secretos de la CIA para convertirse en activos de la presión cotidiana en la relación bilateral.

No es el primer testimonio interno de la administración de Andrés Manuel López Obrador que muestra los horrores de uno de los gobiernos más oscuros que ha tenido México en los tiempos recientes.

Ya Carlos Urzúa, quien fuera su primer secretario de Hacienda, dio testimonio de la destrucción económica del país a manos directas de López Obrador en esta su autollamada Cuarta Transformación.

Pero el de Scherer, es el testimonio de quien fuera su brazo jurídico y deja al descubierto una fragilidad institucional, con revelaciones sobre presuntos financiamientos irregulares vinculados con figuras del sector energético y el control de aduanas que, más allá de la erosión de la legitimidad interna, para los que quieran ver lo evidente, funciona como un expediente listo para ser procesado por el intervencionismo estadounidense en marcha.

En un contexto donde la Casa Blanca utiliza la narrativa del narcoestado como palanca de presión para imponer aranceles y renegociar el T-MEC, el libro de Scherer aporta ese sustento testimonial que la retórica republicana necesitaba para asfixiar al régimen mexicano.

Aunque es totalmente reprobable cualquier forma de intervencionismo extranjero en los asuntos mexicanos, por cuestión de soberanía, es imposible soslayar que la intención de Trump es capitalizar estas debilidades que ahora se revelan con gran detalle desde el seno mismo del poder del régimen mexicano.

Lo que tendría que generar una indignación interna generalizada es la evidencia que pone sobre la mesa el propio exconsejero jurídico de la presidencia de cómo la justicia se utiliza como arma política y cómo habría vínculos a tan alto nivel con el crimen organizado.

El tema queda enterrado para las mayorías, de eso no se habla. Pero para los tomadores de decisiones de inversión queda claro que esto es parte del componente de Riesgo País, y que la impunidad y la corrupción se traducen en la parálisis del crecimiento que padecemos.

Es ingenuo pensar que cualquier evidencia de colusión o corrupción a tan altos niveles va a motivar un cambio desde dentro. Es lamentable esperar que cualquier exigencia de rendición de cuentas pueda llegar desde el exterior.

La administración de Trump no dudaría en utilizar las confesiones de Scherer para cuestionar la fiabilidad de México como socio y transformar estos escándalos domésticos, soterrados internamente, en sanciones comerciales que dañen más a toda la población, en un castigo doble: la impunidad y corrupción internas; y el abuso del poder desde el exterior.