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Que quede claro: este texto no es sobre si Fátima Bosch merecía el título de Miss Universo. Quizá sí. Quizá no. Eso nunca lo sabremos porque ni la literatura científica ni la filosofía pueden responder qué es “merecer” en un certamen cuya puntuación depende de qué tanto las concursantes sean del gusto y despierten la simpatía de unos señores de smoking cuyos intereses no siempre son los del concurso per se. Esta columna va de cómo lo que debería ser una historia popular y ligera se transformó en un caso de ruido mediático.

En un mundo ideal —ese que sólo existe en los discursos de graduación— un concurso de belleza debería servir para competir sobre elegancia, talento y la pregunta de siempre, “¿qué harías para cambiar el mundo?”. Lo que debió ser un cuento de hadas posmoderno, se convirtió en el más reciente estudio sobre la inconsistencia de la reputación del país. Lo contrario, sería pedirle demasiado a México, un país donde hasta la elección de la Flor Más Bella del Ejido produce suspicacia.

Todo empezó de maravilla, casi demasiado bien, como cuando encuentras estacionamiento frente a la oficina en la que te citaron. Fátima Bosch conquistó al público internacional no con una pasarela, sino con algo mucho más raro en estos tiempos: carácter; se ganó el aplauso mundial cuando decidió que no iba a tolerar la condescendencia de un coordinador del certamen y lo frenó con elegancia: ni un grito, ni un drama. Fue un momento de dignidad pura, de esos que TikTok convierte en himno feminista en menos de que lo cuento.

Por unos instantes, México sonrió. Al fin, una historia de orgullo que no involucraba ni delincuencia, ni funcionarios explicando “malos entendidos”. Pero como toda buena historia mexicana, duró lo mismo que el orden en una marcha de la generación “Z”: tres cuadras.

Días antes de la final, apareció Omar Harfouch, pianista, juez del certamen y ahora protagonista inesperado del melodrama. Harfouch renunció denunciando falta de transparencia en la selección de las semifinalistas. Pero el verdadero giro telenovelesco vino después, cuando acusó al presidente mexicano de Miss Universo, Raúl Rocha Cantú, de presionarlo para votar por la señorita Bosch. Y no sólo eso: insinuó que esa supuesta insistencia tenía que ver con negocios entre Rocha y el padre de la ganadora, quien ocupa un cargo directivo en Pemex. Cuando aparece “Pemex” en medio de una historia concerniente a un certamen de belleza, sabes que algo podrido está en juego.

En cuanto Harfouch habló, internet hizo lo que mejor sabe hacer: incendiar el debate. El algoritmo, emocionado con el olor a chisme, difundió la noticia a mayor velocidad de la que corre un ladrón con diarrea. En cuestión de minutos, dejamos de hablar de pasarelas para discutir tráfico de influencias, contratos petroleros y corrupción estructural. Internet, ese ecosistema donde la verdad es opcional y la indignación es deporte olímpico, volvió el caso de la joven ganadora de un concurso de belleza en un referéndum nacional sobre corruptelas. En México, cualquier cosa puede terminar en acusación de corrupción, pero siempre sorprende lo rápido que ocurre.

No faltaron los comentarios asegurando que la elección de Miss Universo reflejaba “la podredumbre del sistema”. Porque si algo nos une en este país es la convicción nacional de que todo, absolutamente todo, está arreglado: desde el precio del limón hasta el resultado de un certamen internacional.

Este efímero episodio es, en realidad, un estudio sobre la fragilidad reputacional de una nación, cuando la percepción empieza a superar a los hechos, ya no importa la verdad; importa lo que la gente cree que pasó.

Miss Universo 2025 debió ser un momento de celebración. En cambio, terminó como una metáfora del país: un lugar donde es más fácil creer en un complot que en la posibilidad de que alguien ganó limpiamente.

En México, hasta la belleza termina necesitando un peritaje.