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Veracruz redujo su desempleo a 1.9% en el 2T-2026, ubicándose 8º a nivel nacional con 3.4 millones de personas ocupadas (98.1% de la PEA)
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El Gobierno de Trump ha endurecido más las restricciones para obtener visas y entrar a EE.UU., en medio de un récord de deportaciones

Julio Scherer fue el modelo de lo que debía ser el periodista mexicano en mis años de estudiante. Pero a principios de los 90 se convirtió solo en el director y guía de un medio contra el que peleábamos notas y asuntos; ganábamos y perdíamos. Así lo vi desde El Financiero, Reforma y MILENIO. Por eso me cuesta hablar de él como una leyenda. Que lo hagan los de otras generaciones.

De Scherer me quedo con múltiples citas de su libro Los presidentes (1986). Por ejemplo: “Como ninguna otra muerte, mata el trabajo anónimo”. O, “la libertad es una lumbre que necesita de muchas lumbres para ser una lumbre verdadera”.

Lamentaré siempre el desdén con que nos trató cuando le pedimos que Proceso acompañara a CNI/Canal 40 en el programa sobre los abusos sexuales del padre Maciel (1997). “Eso no es información, pasó hace 40 años y ya no interesa”, nos trató de dar una lección.

Y siempre celebraré su espíritu de gran provocador. Como cuando se calzó las botas de reportero octogenario para encontrarse con El Mayo Zambada, entrevistarlo, tomarse una fotografía con él, plantarla en la portada de su semanario y poner a medio México a polemizar si había hecho bien o mal (2010). Genial. En la era de la hipervelocidad informativa, el viejo Scherer nos forzaba a repasar los fundamentos. Y nos recordaba que un periodista no puede ser policía de la moral, porque el mundo no debe escuchar solo a los pacifistas.

Escuchar a los demonios, escribió un periodista no tan famoso, es un ejercicio fascinante para entender qué significa el poder.

Scherer nos los recordó en un tiempo en que el periodismo mexicano se dividía en nobles e innobles. Descanse en paz.