La contrarreforma eléctrica que busca el gobierno puede costarle al país 85 mil millones de dólares, hacerle perder el grado de inversión y entrar en un riesgo de desmoronamiento financiero.

Los cálculos están hechos en un informe de Citibanamex: “¿Tercer strike? La política y los costos de la reforma eléctrica de AMLO”. Dando por ganada esta contrarreforma, a la que le faltan muchos votos en el Congreso, el director de la CFE, Manuel Bartlett, desnudó su proyecto en una conferencia de prensa.

Dijo que las empresas privadas que generan hoy mayor, mejor y más limpia electricidad que CFE verán cancelados sus contratos de autoabasto y quedarán obligadas a comprar la energía peor, más cara y más sucia que produce CFE.

El señor Bartlett ha dado ya una muestra de lo que puede hacer para empeorar la CFE.

Revolucionario y justiciero como es (con dinero del erario), en 2020 reconoció en la CFE salarios, prestaciones y derechos de jubilación que aumentaron el pasivo laboral de la empresa en 200 mil millones de pesos, momento a partir del cual la compañía pierde dinero. Pero el dinero es lo de menos, el punto fino aquí es la política. De política fina habló el director del Fondo de Cultura Económica, Paco Taibo II, con singular elocuencia. Dijo: “Nos los vamos a chingar”.

En la cabeza de este gobierno hay muchas ideas fijas y viejas. Ninguna puede ser tan cara y tan destructiva como esta de la contrarreforma energética, joya de la corona de la utopía regresiva en que está empeñado nuestro gobierno.

La joya más cara y también la más falsa: quiere que el país meta la cabeza ciega en un pasado energético justiciero y eficiente que nunca existió. Leo y oigo a colegas que admiro y los encuentro resignados a la idea de que la contrarreforma acabará imponiéndose gracias al oportunismo de las fuerzas políticas, en particular del PRI, y a la tibieza de los intereses afectados, en particular los empresarios.

Yo veo algo de eso, pero veo también otra cosa: un gobierno menguante, que como mal jugador dobla sus apuestas cuando no tiene las cartas que quiere, mientras el tiempo vuela.