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Siento mucho decepcionar a quienes fincan alguna esperanza en lo que se puede lograr hoy viernes en Washington.

No me refiero a la Copa del Mundo de futbol y las consecuencias del sorteo de los “bombos” de donde se irán sacando pelotitas, por manos de celebridades,  con los nombres de los equipos participantes -me parece que quedan dos, pendientes de resolución- para definir quién contra quién.

Las últimas semanas me he tenido que soplar todas las especulaciones de los expertos sobre el destino de la Selección Mexicana, dependiendo de la diosa Fortuna que debiera asignarle a los ratoncitos verdes equipos “pichón” como rivales para pasar a la siguiente ronda. Que en el nuevo formato ambicioso de la FIFA, que le añadió una ronda previa más, es como empezar de cero hace cuatro años.

No.

Muchos mexicanos esperan que el primer encuentro personal entre Donald Trump y la señora presidente con A de patria, así sea todo lo breve que ya anticipó doña Claudia, se traduzca en un mejor ambiente en las relaciones bilaterales México-Estados Unidos. En el mejor de los casos, que el señor Trump comprenda y decida en consecuencia, que el tratado de comercio libre que existe entre su país y sus dos vecinos, beneficia a todos y que, por lo tanto, debe ser ratificado, y eventualmente corregido y mejorado, en las pifias que pudieron haber surgido en los años que tiene de vida, que no son pocos. Para beneficio de los tres países. Ayer, doña Claudia aventuró la idea de que el tratado incluya a todo el continente americano. Soñar no cuesta nada.

Cada vez que los mandatarios coinciden en algún sitio, ceremonia, reunión o conciliábulo, suele llamarse a sus encuentros, reuniones cumbre. Se presupone que al finalizar estas sesiones llegarán a sustanciales acuerdos que dan a conocer a los medios.

No es así. Mucho antes de las reuniones cumbres hay una serie larga de negociaciones entre los que realmente trabajan e interpretan las directrices básicas de sus jefes. Ellos sólo dan a conocer el resultado.

No sabemos hasta qué punto Marcelo Ebrard, que indudablemente es el negociador principal de las relaciones con los Estados Unidos haya avanzado en su difícil tarea. Los que hemos seguido su procedimiento, apostamos a que la relación personal con el yerno favorito de la Casa Blanca, Jared Kushner, entregue frutos. Es demasiado temprano; el TMEC sobrevivirá o morirá en seis u ocho meses más. De lo que no tengo duda es que, hoy en Washington, una vez terminado el circo de la patada, el balance será tan ambiguo como han sido todas las conversaciones telefónicas de la señora Sheinbaum con el señor Trump. Esta cumbre, además de breve, puede ser borrascosa. Con el presidente Trump nunca se sabe.

Yo estoy muy lejos de descalificar el resultado hasta esta mañana: la señora presidente con A de patria ha logrado ser muy buena lidiadora de toros bravos. Por el momento.

Ahora entramos al territorio de los goles, el fuera de lugar y los penaltis. Y ese es otro juego.

PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): Pan y Circo. Como ha sido desde los tiempos antiguos, el poder siempre acude a dos diversiones de todo asunto que sea importante. Pan y circo, dice Juvenal en su sátira décima. Al amparo de la diosa Annona, los emperadores daban trigo a los romanos, y espectáculos salvajes para que el populacho no se ocupara de lo importante.

Hoy se traducen, en mi país, en farmacias del bienestar que son estanquillos de un metro de ancho en la banqueta, los pagos a los viejitos y el Mundial del Futbol.

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