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En este país donde el sexenio es la medida oficial, siempre se hacen comparaciones estadísticas entre los gobiernos para medir su desempeño.

El comportamiento del Producto Interno Bruto (PIB), de la inflación o de la creación de empleos son indicadores útiles para comparar la obtención de resultados.

Por ejemplo, con el dato que conocimos recientemente sobre el comportamiento del PIB al cierre del tercer trimestre de este año, tenemos un crecimiento acumulado para el gobierno de Enrique Peña Nieto durante su mandato de 2.5 por ciento.

Uno de los indicadores favoritos para medir el desempeño sexenal es el tipo de cambio. La realidad es que tiene tiempo que éste no es un buen indicativo de un desempeño presidencial, pero la atención a la paridad peso-dólar es un trauma histórico por aquellas brutales devaluaciones del siglo pasado.

El modelo cambiario se ha transformado de una paridad fija a una determinada por un mercado que hoy es global y más robusto. Tienen impacto en el peso las decisiones internas, como lo hemos visto, pero hay mucho de factores externos en su comportamiento.

El modelo cambiario hace que, en estricto sentido, no se pueda hablar de una devaluación en los tiempos de Peña Nieto, sino más bien de una depreciación.

El presidente, al que le quedan cuatro días en el poder, asumió el cargo con una paridad peso-dólar de 13.04 en la cotización interbancaria. Si no pasa nada extraño esta semana, este mes deberá terminar esa relación en los niveles actuales de 20.40 pesos por dólar.

Eso implica una depreciación de la moneda en el sexenio de 57 por ciento.

¿Pero, cuántos de los actuales 20.40 pesos por dólar son responsabilidad del gobierno de Peña Nieto y cuánto de esa pérdida de poder adquisitivo del peso es responsabilidad del gobierno traslapado y adelantado de Andrés Manuel López Obrador?

No tengo dudas de que sin la barbaridad de haber cancelado la construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional de México y sin la tontería de iniciativa para eliminar comisiones bancarias, hoy tendríamos dólares 2 pesos más baratos.

Así que parece que sería justo hacerle un descuento al presidente saliente en su monto de depreciación para dejarlo en 42 por ciento. Felipe Calderón carga con una marca de depreciación cambiaria durante su sexenio de 17 por ciento. Pero Miguel de la Madrid tiene apuntada una devaluación sexenal del 1,450 por ciento.

Sería bueno, para fines de estas estadísticas, apuntarle al próximo gobierno un punto de partida de la paridad cambiaria en torno a los 18.40, justo cuando empezaron a dinamitar la confianza.

Hasta en el equipo del presidente electo Andrés Manuel López Obrador reconocen el impacto financiero y de confianza tras las controvertidas decisiones y acciones tomadas hasta

hoy. Pero con el paso del tiempo quedará solamente la gráfica que indicará que el gobierno de Peña Nieto les heredó un tipo de cambio arriba de los 20 pesos. Habrá entonces que hacer memoria para recordar estos complicados días financieros que antecedieron el inicio de la siguiente administración.

La estabilidad financiera es un valor que damos por sentado. Creemos que no es posible perder esa paz que nos da una baja inflación o un crecimiento que, aunque bajo, no ha dejado de estar presente. La realidad es que son indicadores frágiles cuando se descuida la salud de las finanzas.

No se trata simplemente de tomar fotografías sexenales para ver quién tuvo el mejor o peor desempeño, implica que un descuido en la macroeconomía afecta directamente y sin escalas el bolsillo de los ciudadanos. Eso es algo que cualquier no millennial debería recordar.