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En el contexto de los ataques a Charlie Hebdo, David Brooks escribió en The New York Times una columna (“Yo no soy Charlie Ebdo”) a la que me he referido en este espacio. El centro de su argumento es que frente a opiniones que nos ofenden somos mucho menos tolerantes de lo que decimos ser. Aún los más libertarios no siempre están a favor de la crítica cuando ésta trastoca algunas de sus creencias.

El problema es que la libertad no es neutral ni única. Hay muchas libertades que con frecuencia chocan con otros valores e incluso entre sí. Por ejemplo, la libertad de decidir en el caso del aborto se contrapone a creencias religiosas. En el mismo sentido, en uso de la libertad de expresión se pueden ofender los derechos de minorías.

Este es el caso de la petición de censura a la película Pink a través de la plataforma Change.org. Quienes buscan que la cinta salga de los cines argumentan que estereotipa y discrimina a los homosexuales. Por su parte, el director de la película defiende su derecho a expresar un punto de vista religioso sobre los matrimonios gay y su derecho a adoptar. El choque es claro: derechos de minorías y el libre desarrollo de su personalidad contra la libertad de expresión.

El solo hecho de que se exhiba una cinta así resulta ofensivo para algunos. Curiosamente, los que piden la censura son quienes más han apoyado otras libertades, como la de decidir en los casos del aborto y el uso de la mariguana. Libertarios que ahora optan por la prohibición.

No es un tema sencillo. Al final de cuentas, hay que optar. Pienso, como Brooks, que una sociedad sana no debe limitar la libertad de expresión aunque resulte ofensiva. De hecho, esta libertad protege no solo manifestaciones de ideas que todos comparten, sino también aquellas que resultan impopulares, provocadoras o hasta absurdas. Es una libertad que, como lo ha establecido la SCJN, es “condición indispensable de prácticamente todas las demás formas de libertad”.

Retomando a Brooks, lo que sí hacen las sociedades sanas es discriminar: “A los eruditos y los académicos se les escucha con gran respeto. A los satíricos con asombro, pero menos respeto. A los racistas y antisemitas, a través de un filtro de oprobio y sin respeto”. El mismo filtro que se les debe aplicar a los homofóbicos, yo añadiría.