El miedo nos orilla a tomar las decisiones que nunca habíamos pensado, ni siquiera las habíamos contemplado en una conversación de esas en donde planteas situaciones extremas.

Pero hay a quienes les llega la vida como una profecía, en donde de un momento a otro hay que salir huyendo de sus propios hogares, de todo eso tan propio que les ha costado construir y dejarlo para perderlo todo.

Es eso o nada.

Los bombardeos continúan en Ucrania, la guerra con nombre y apellido de Putin sigue incendiando vidas, historias y pueblos enteros.

Dentro del peligro, hay quienes esperan a esos últimos sesenta segundos en los que por la mera presión y sentimiento de urgencia por sobrevivir deciden correr, salir con lo que alcance, entre ellos el aliento.

Cuando se huye, no se mira atrás. Lo que se deja, se queda. Lo que se queda, deja de ser nuestro y lo único que queda es poseernos en el solo cuerpo que corre agitado.

Los fotoperiodistas que día a día se juegan la vida tratando de documentar lo que sucede en cada espacio del territorio en Ucrania que los misiles provenientes de Rusia están consumiendo.

Ayer la ciudad de Kharviv se estremeció más de 55 veces por misiles que incendiaban, destruían y mataban a inocentes.

No hay manera de no querer sentirnos angustiados por cada familia, hombres o mujeres que vemos en las imágenes huyendo de sus vidas para sobrevivir.

Este señor que corre desesperado, con dos bolsas en cada mano, sin camisa porque no hubo más tiempo que para solo tomar su chamarra por el solo reflejo de no salir sin camisa, pero es que lo más seguro, es que en su cabeza no pensó en nada más que tomar todo a la vista y huir.

Como miles de civiles inocentes, que deciden quedarse en casa o que en sus pueblos no ha sido el ataque tan directo, se ven sorprendidos de un minuto a otro con el estruendo, el ruido ensordecedor de un misil y después del calor que el fuego emana.

La tierra temblando de dolor por el bombardeo, los objetos de la casa moviéndose como una señal de alerta que advierte que es tiempo de salir sí o sí.

Él corre y detrás de él el fuego consume una bodega, una casa, un espacio que alguien ocupaba. Las llantas allí cercanas, inmovilizadas y en espera de convertirse en llamaradas tan altas como las que están al frente.

El señor corre y es fotografiado, y nosotros lo vemos desde un país tan lejano a ellos, pero que la sensación nos penetra en el miedo y el terror.

La foto me llevó a pensar que así nos vemos cuando tomamos lo que nos alcance y salimos huyendo cuando todo se incendia o cuando también decidimos prenderle fuego. En el sentido más intrínseco de cada uno, deben estar guardados esos momentos.

Que sin vivir una guerra como esa, hemos coexistido en conflictos personales, familiares, laborales y de pareja, en donde si nos ha ido bien, es porque hemos salido a tiempo de que las llamas nos alcancen.

Si el calor quema, hay que huir.

Sí o sí.

Cuando es tiempo de huir Laura Garza
Foto de NYT