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Parece mentira que han pasado más de tres años y medio desde que se anunció el primer paquete multilateral de rescate de gran magnitud para Grecia y la permanencia del país helénico en la zona euro sigue en duda.

En principio, una salida de la eurozona parecería ser la solución más viable para que Grecia pueda resurgir de la depresión en la que se encuentra sumida desde hace cinco años. Históricamente, no existen casos exitosos de un ajuste fiscal de la magnitud del que necesita Grecia sin una mejoría en los términos de intercambio comercial resultante de una depreciación importante de la moneda.

La receta tradicional aplicada a países con endeudamiento insostenible involucra tres pilares: i) un paquete de medidas de austeridad fiscal; ii) una considerable devaluación de la moneda, y iii) un paquete de financiamiento multilateral (generalmente encabezado por el Fondo Monetario Internacional).

En los casos más exitosos, estas medidas vinieron acompañadas de dos factores primordiales: i) una renegociación sustancial de la deuda pública (en la forma de una extensión de plazos para pagar y una reducción en los montos adeudados), y ii) un ambicioso programa de reformas estructurales. Adicionalmente, algunos países utilizaron parte de los recursos frescos obtenidos para apoyar a sus sistemas bancarios.

El común denominador de estas experiencias y otras similares es que la combinación de medidas, incluyendo una depreciación significativa de la moneda, ayudó a estos países a situarse de nuevo en la senda del crecimiento económico, lo cual es fundamental para que el ajuste fiscal sea viable y para que la trayectoria de endeudamiento sea sostenible. En el caso de Grecia, la receta se ha aplicado parcialmente.

En el 2012 se llegó a un acuerdo que dotaba al país heleno con un apoyo de 130,000 millones de euros y una reestructura de la deuda pública en la que los inversionistas aceptaron un intercambio de deuda por bonos de mayor plazo y menor tasa de interés. Este intercambio implicó una quita de 54% a la deuda griega en manos del sector privado, que a su vez resultó en una reducción de casi 110,000 millones de euros en la deuda total de Grecia.

Sin embargo, la falta de capacidad para implementar medidas adicionales tiene a Grecia sumida en un círculo vicioso y convertida en un país insolvente. La única manera de salir del círculo vicioso es mediante una reactivación de la economía para poner el endeudamiento en una trayectoria sostenible.

Las autoridades han comenzado a vislumbrar que tal vez la única manera de hacer esto sea con la salida de Grecia de la eurozona. Sin embargo, hay consecuencias secundarias muy importantes que tomar en cuenta.

Por un lado, el abandono del euro por parte de Grecia podría provocar una corrida bancaria que iría más allá de Grecia y amenazaría con propagarse por el continente europeo y posiblemente, más allá. Adicionalmente, la simple señal de que existe la opción de abandonar el euro, amenazaría con provocar un efecto dominó donde otros países financieramente débiles -como Portugal e incluso Italia- serían vulnerables a dicha corrida.

La adopción del euro como moneda común es, por diseño, irreversible y no existe ningún mecanismo establecido que permita el abandono del euro. La salida de Grecia de la eurozona tendría que ser tomada en medio de una serie de medidas cautelares muy robustas para evitar ataques especulativos sobre el euro y sobre los sistemas financieros de los países más débiles de la eurozona; de otra manera, la salida griega podría tener consecuencias no deseadas devastadoras para Grecia, para la eurozona y para la economía global.

Al final del día, la permanencia o no en la eurozona para Grecia se definirá en las próximas semanas y dependerá primordialmente de los costos económicos para el resto de Europa de mantener o expulsar a Grecia de la zona euro.