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Cambiante e impredecible es el curso del callejón arancelario en que nos ha puesto Trump, junto con Canadá y China.

La respuesta canadiense ha sido tajante, con anuncio de represalias recíprocas y focalizadas, en una atmósfera de agravio nacional que, la verdad, no se siente en México.

La respuesta china ha sido muy puntual en términos de represalias focalizadas contra los agricultores estadunidenses, pero ha ido mucho más allá en el ámbito discursivo.

China está lista, dijo, para la guerra que quiera Estados Unidos: arancelaria, comercial, económica, tecnológica o de la otra.

México tiene plan B, C y D ante la emergencia, pero no ha dicho nada de lo que hará en el callejón, salvo un mitin por la unidad nacional en el Zócalo.

El dueño del callejón, por su parte, titubea o juega al gato y el ratón con sus socios comerciales, cambia de opinión, hace pausas en sus decisiones o sugiere que habrá pausas, y empieza a pagar algunos costos en las expectativas de los mercados y de las encuestas.

Hay quien cree que México debe responder con toda energía y reciprocidad a los aranceles de Trump, imponiendo los suyos.

Hay quien cree que el daño que esto pueda causar a Trump es irrelevante para la economía estadunidense en su conjunto.

Entonces hay quien dice que debe haber represalias focalizadas a productores y consumidores de estados claves del T-MEC, como Texas o Arizona, para que los damnificados tarifarios presionen a sus congresistas y estos a Trump.

Hay quien cree que el actual dominio de Trump sobre los congresistas republicanos es tan grande que no le harán mella esos quejosos.

En suma, hay mucho ruido y pocas nueces en el callejón arancelario de Trump y todo depende aún de cuánto tiempo durarán vigentes sus cambiantes aranceles.

El peso mexicano se apreció ayer bajo el supuesto de que no durarán mucho, y de que pueden cambiar incluso en cuestión de días.

La confusión es enorme en el callejón, y sólo hay dos cosas claras: que Trump dirige el enredo y que México hará un mitin el domingo.

Suerte con eso.