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Así transcurrió la Cumbre de las Américas convocada por el gobierno de Joe Biden en Los Ángeles: con pena y sin gloria. Trajo para el anfitrión varios desaires, encabezados por México, Bolivia, Honduras y Guatemala, cuyos presidentes no asistieron a la reunión, y por discursos no precisamente cordiales de parte del presidente de Argentina, del primer ministro de Belice y del presidente de República Dominicana, quien se negó a firmar la declaración de compromisos conjuntos de la cumbre, propuesta por Estados Unidos. Si algún consuelo hubo para Biden en estas escoriaciones en el casco de su liderato sobre la región, fue que la cumbre no hizo ruido en los medios internacionales.

Merecidamente, podría decirse. En la propuesta final de colaboración hemisférica privó la obsesión de Washington por el desorden migratorio que bulle al sur de su frontera y termina llevando oleadas de desesperados migrantes a sus puertas. Pero ni en ese tema de su interés parece haber una visión estadunidense de largo alcance para el continente.

Y es esto lo que hay que reclamar a Washington como anfitrión de la cumbre: en realidad no ha estado pensando seriamente en “las Américas”, ni tiene nada importante, estratégico o prometedor que ofrecer a los países que empiezan en su frontera sur. Biden sólo llevó a la cumbre una estrategia mal dibujada de cooperación en el asunto que le preocupa a él: contener los migrantes. Hubo poco más.

Tampoco parecían muy preparados los gobernantes latinoamericanos para presentarse a la cumbre con su propia visión de un horizonte ambicioso de cooperación, desarrollo económico y diplomacia hemisférica, frente a las nuevas realidades geopolíticas, económicas, sanitarias y tecnológicas del mundo.

La pequeñez de la visión estadunidense mereció en cierto modo la pequeñez de los países que usaron la cumbre para defender lo peor del continente: las dictaduras de Cuba, Nicaragua y Venezuela.

La paradoja no es menor: México, Argentina y otros fueron a defender en Los Ángeles el derecho a la inclusión de tres países que son modelos de exclusión y opresión internas.   Países donde ninguno de los presidentes electos democráticamente en la América Latina de hoy podría haber llegado al poder mediante unas elecciones.