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No habrá manera de provocar un cambio económico que se sienta en el bolsillo pronto si no se atiende a la realidad del estancamiento que sufre el sector servicios desde que inició este año.

Mañana conoceremos el comportamiento del Producto Interno Bruto al cierre del segundo trimestre del año y los datos previos anticipan que la actividad económica principal de este país, que incluye actividades comerciales y prestación de servicios, se mantiene apachurrada y desanimada.

Tenemos evidencias de un sector industrial dinámico, y más cuando se trata de exportar; además, quizá las buenas lluvias pudieran implicar un brinco en el inestable Producto Interno Bruto agropecuario del país.

Pero el sector servicios está herido, la confianza de los consumidores no se logra recuperar -entre otras cosas- de los efectos de la reforma fiscal vigente este año.

Ahora que el gobierno dio por terminada su temporada de cambios estructurales es imposible dejar de lamentar que uno de los ejes de desarrollo de cualquier economía está dañado y no se ven posibilidades de reemplazarlo.

La política fiscal vigente es una trama de parches diseñados durante décadas para evitar al gobierno cumplir con su obligación de hacer contribuir a todos los ciudadanos. Por eso los huecos que deja la economía informal se tapan recargándose con tasas mayores a los contribuyentes cautivos.

Resultó más fácil abrir la industria petrolera a 100% a los capitales privados que corregir los desperfectos que por años se le han provocado al marco fiscal.

Y no parece haber manera de que este gobierno se atreva a meterse en un terreno donde la batalla política es tan complicada que parece perdida de entrada. Por eso, la cura en salud del gobierno federal es prometer que nunca más se acercará al tema fiscal mientras le queden días de administración.

Si se usó el tema tributario como moneda de cambio para conseguir la reforma energética, la jugada resultó positiva, porque se anuló la protesta de una parte de la izquierda en el momento mismo en que accedieron a legislar de la mano del partido en el gobierno.

Pero el daño económico es innegable, al grado que los efectos de la reforma fiscal vigente se dejan sentir tanto en el terreno de las finanzas personales como en las simpatías políticas.

Porque la alegría por las reformas como la energética es algo intangible hasta este momento, por más que en pocos días pasáramos de la promulgación al anuncio de miles de millones de dólares en inversiones.

Por eso es que, con el aval o no del gobierno federal, un grupo de legisladores del propio Partido Revolucionario Institucional prepara un paquete de cambios fiscales para que gusten a los electores y de paso -si se puede- que ayude a la economía.

Y ahí es donde hay que encender los focos de alerta, porque en estos tiempos en cuando hay una tendencia generalizada hacia el populismo. Ahí está la discusión salarial como ejemplo, hay que tener cuidado de lo que se hace con los impuestos.

En un afán por quedar bien para el año electoral podrían ponerse en peligro los equilibrios fiscales, porque es un hecho que no ha nacido el valiente que en este país se atreva a hacer una verdadera reforma hacendaria.