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Esa fue la reacción inicial de J.P. Morgan tras el anuncio la semana pasada de los llamados aranceles recíprocos de Donald Trump. There Will Be Blood es el nombre del análisis que emitió este banco estadounidense en el que elevó las posibilidades de una recesión en aquel país de 40 a 60% por la crudeza del anuncio en La Casa Blanca.

Las primeras heridas se abrieron desde el momento mismo de la llegada de Trump a su segundo mandato, pero lo que se ha convertido en una escena del cine más gore que se pueda imaginar fue la exageración de las tarifas impuestas, lo mismo a China que a una isla de pingüinos.

Las bolsas de valores tuvieron sus peores días al cierre de la semana pasada, no vistos desde que el virus del SARS-CoV2 irrumpió y paralizó al mundo entero en el 2020. Desde entonces, ninguna otra enfermedad o catástrofe había tenido ese efecto… hasta Donald Trump.

Así que, en la actualización del título de ese análisis que quedará para la historia, hoy ya hay sangre y mucha que ha sido derramada, no tanto en el derrumbe de los precios de los activos financieros, sino en la confianza.

Nadie tenía dudas de la megalomanía de Trump, muchos comprobaron cómo el Partido Republicano está rendido a ese liderazgo visceral. Pero, sobre todo, el mundo ha corroborado con mucho pesar que Estados Unidos puede tener la estabilidad institucional de un país del llamado alguna vez tercer mundo.

El modelo de libre mercado impulsado por Estados Unidos durante décadas parecía perfectible en recuperar para ellos sectores tecnológicos estratégicos en momentos en que la Inteligencia Artificial marcó un repentino cambio radical, pero recuperar la hegemonía en la fabricación de chips no implica tener que producir los tornillos con los que se fijan esas tarjetas.

China, potencia beneficiaria de ese descuido tecnológico, respondió con la misma fuerza y generó no solo sangre, sino una masacre financiera que el viernes pasado dejó pérdidas por varios miles de millones de dólares y la garantía de una incertidumbre que puede extenderse por años.

Seguro hoy veremos, como en película del Apocalipsis, a muchos inversionistas recoger del piso papeles de empresas que aparentan gangas en sus precios, pero el daño está hecho y lo que sigue es el traspaso al resto de la economía.

Un bastión de autonomía en las instituciones estadounidenses, que hoy no parecen tener ni el Congreso ni la Corte Suprema, es el banco central.

Vaya que se enojó Donald Trump el viernes cuando Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal (Fed), consideró que los aranceles del republicano fueron mayores de lo esperado y que por lo tanto las consecuencias económicas, como desaceleración e inflación, podrían ser también mayores a lo esperado.

Trump, populista como es, respondió que la Fed tenía que bajar las tasas de interés porque ya había bajado de precio el huevo y a Jerome Powell que dejara de jugar a la política.

Si el referente más cercano de lo que hemos visto es el Covid-19 habrá que esperar ese traspaso de los mercados al resto de la economía. La diferencia es que con Trump la vacuna del voto está a cuatro años de distancia.

Seguro hoy veremos, como en película del Apocalipsis, a muchos inversionistas recoger del piso papeles de empresas que aparentan gangas en sus precios, pero el daño está hecho y lo que sigue es el traspaso al resto de la economía.