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El senador con licencia Raúl Cervantes es un hombre sensato, de esos que no se engañan. Por eso supongo que luego de escuchar las dudas de Manlio Fabio Beltrones el martes y las certezas de Ricardo Anaya ayer, le debe quedar claro que sus posibilidades de ser ministro de la Suprema Corte de Justicia se disiparon. Tipo sensato, supongo que en breve anunciará que no buscará reemplazar a Juan Silva Meza ni a Olga Sánchez. Haría bien en acompañar el anuncio con el de su regreso al Senado, donde nadie le reclamaba nada cuando pidió licencia hace 13 meses.

El bloqueo a la eventual llegada de Cervantes a la Corte comenzó en marzo con uno de esos rumores irresistibles para la corrección política. Se inventó (uso el verbo porque en siete meses no se ha documentado mínimamente) que tras la aprobación del nuevo ministro Eduardo Medina Mora, el PRI y el PAN pactaron repartirse las dos posiciones de noviembre. La del PRI sería para el ex presidente del Senado, Raúl Cervantes.

El invento embonaba de maravilla con el lema “no a la partidización de la Corte”. Y es indiscutible el éxito que obtuvo. Si el presidente Peña Nieto optara aún por proponer a Cervantes en una de las ternas, se le acusaría de insensible, de no saber leer el momento y herir de gravedad a la institución. Su improbable propuesta no conseguiría, por lo demás, las dos terceras partes de los votos necesarios. El no del PAN es rotundo.

Ricardo Anaya, presidente del PAN, lo explica así: “Un ministro no puede tener ligas ni lealtad con un partido político, porque lo que se espera de él es independencia acreditada; la característica fundamental de un juzgador debe ser la independencia”.

Con esta tipificación de las propiedades trascendentales de un ministro, Anaya reduce a un militante de partido a la condición de vulgar acatador de instrucciones. ¿Por qué, entonces, un priísta, perredista, uno de Morena que no deben ser ministros de la Corte serían gobernantes imparciales y justos? ¿No hay una experiencia en otros países que demuestre que se puede ser independiente después de haber sido dependiente? Por supuesto que la hay. Pero en la lógica de Anaya, los mexicanos somos ontológicamente corruptos.

Como sea, honor a quien honor merece. A quienes inventaron el rumor del acuerdo de partidos, juntaron firmas y operaron con eficacia para liquidar la opción de un hombre que no hizo nada, pero era sospechoso por estar ligado al PRI.

Hay un tufo de inquisición en esta “defensa de la independencia” de una Corte que, por cierto, dista de ser un modelo de transparencia. Tan sencillo que era respetar las reglas, dejar en paz a quien tiene que proponer y votar en contra si el perfil no los convencía. Pero había que dar una lección moral.

MENOS DE 140. El martes los sacan de Almoloya y el miércoles aparecen en un video. Otra vez la Policía Federal.

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