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Foto de Internet

Es un hecho que el presidente de China, Xi Jinping, no tiene la necesidad de tener contentos a sus electores y menos ahora que ha garantizado el poder para el resto de su vida. Pero no hay duda de que en la relación entre Estados Unidos y China, la nación que hoy luce más moderada, abierta al comercio global y a la prudencia, es el gigante asiático.

Donald Trump luce descontrolado y tiene en la mente tantas medidas radicales que no acaba de entender el daño que puede causarle a su propio país con tal de cumplir con su agenda proteccionista que, ante su clientela política, denominó “America First”.

Del Acuerdo Transpacífico (TPP) se salió durante los primeros días de su mandato y ahora ya quiere regresar.

Del Tratado de Libre Comercio de América del Norte ha intentado salirse en varias ocasiones, pero son cada vez más las voces internas que lo frenan y le tratan de explicar el autoboicot que implicaría perder esas cadenas de valor con sus vecinos de la región.

Los aranceles al acero y al aluminio han alertado al mundo entero, que espera detalles de la manera de repartir esos impuestos a la importación para responder con misiles comerciales a una larga lista de productos estadounidenses.

Y su más reciente lance contra China promete ser el más arriesgado y peligroso para su país.

Cuando Trump habla de aplicar aranceles a una larga lista de productos de consumo provenientes de China, el primero en brincar para quejarse y tratar de frenarlo no fue algún ministro chino de Comercio o de Finanzas.

Fueron las propias empresas estadounidenses que le piden a su presidente darse una vuelta por el súper y leer la etiqueta de la mayoría de los productos de cualquier departamento y que entienda la visión de estas cadenas minoristas y de un consumidor promedio al momento que tenga que pagar más por más de la mitad de sus compras.

De la ropa, 40 y 70% del calzado que se vende en Estados Unidos tiene una pequeña etiqueta que dice “Made in China”.

Más de 20 compañías de las más grandes cadenas de ventas al menudeo de Estados Unidos le advirtieron a Trump sobre el daño económico que puede provocar al negocio del retail que emplea a millones de estadounidenses en cientos de miles de unidades de venta.

Esa ya sería una razón más que suficiente para que reconsidere sus planes proteccionistas, pero también debería pensar qué podría hacer China para responder a sus barreras comerciales.

Puede, por ejemplo, salir al mercado con los papeles de deuda de Estados Unidos, China tiene 1 trillón de dólares de la deuda estadounidense, y provocar un caos financiero en Wall Street.

Si no quiere meterse por el lado financiero y dejarlo todo en el terreno comercial, podría hacer que sus ciudadanos vean con malos ojos a los que compren productos estadounidenses. Y como ahora hay un programa de “crédito social”, que es un control gubernamental de intervención en la conducta con puntos al estilo del 1984 de George Orwell, puede descontar puntos al ciudadano que sea sorprendido manejando un coche gringo, por ejemplo.

O si China la quiere llevar tranquila con Estados Unidos, porque entiende que Donald Trump no se va a quedar tanto tiempo en el poder (no tanto como Xi Jinping o Vladimir Putin), simplemente eleva una queja a la Organización Mundial del Comercio y responde con las reglas globales.