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De su activismo político hay referencias nítidas. A principios de la década de los ochenta, mientras cursaba su bachillerato en el CCH Sur, Claudia Sheinbaum participó en las marchas conmemorativas del 10 de junio y del 2 de octubre, en el contingente de los maoístas.

Su madre, Anne, fue catedrática en el Poli en 1968 y tras de que los dirigentes del Consejo Nacional de Huelga fueran internados en Lecumberri, acudió frecuentemente a visitar a Raúl Álvarez-Garín, líder de los estudiantes de la Escuela Superior de Física y Matemáticas. Esa amistad acercó a los Sheinbaum Pardo a la familia del líder ferrocarrilero, Valentín Campa.

Al ser excarcelado, Álvarez Garín fundó la revista Punto Crítico, que después se convirtió en organización política en la que Sheinbaum se enroló en sus años estudiantiles. En esas épocas su principal influencia fue Salvador Martínez della Roca, el Pino.

De ese pasado pueden dar testimonio otros politécnicos, como Eliseo Moyao. Y también, Rosaura Ruiz, quien fue su compañera en la Facultad de Ciencias.

Desde niña, la presidenta de México —de acuerdo a distintas reconstrucciones de su pasado— estuvo inmersa en el mundo de la izquierda. Su madre y la Chata Campa, influencias perennes. El Pino, sin duda… aunque sus biógrafos –en ciernes, trabajos del periodista Jorge Zepeda Patterson y del cineasta Luis Mandoki que seguirán la ruta trazada con sagacidad por Arturo Cano —mantienen inexorables algunos pasajes relevantes. Su involucramiento con el Movimiento 19 de Abril, de Colombia, entre ellos.

“Claudia fue miembro del M-19”, reveló el presidente de aquella nación, Gustavo Petro, invitado de honor a la inauguración del mandato de Sheinbaum. “Ahora somos dos presidentes en América Latina”, presumió.

Algunos opuestos de la 4T quieren construir —a partir de esa revelación— una realidad alternativa, aunque está claro que nunca fue combatiente. Ahora es público que prestó auxilio a decenas de colombianos, sobrevivientes de monte y la cárcel, que llegaron a México hace cuatro décadas en busca de refugio.

En esa historia –que sigue inédita— tuvo un papel esencial el abogado y ambientalista cartaginés Rafael Vergara Navarro, uno de los primeros dirigentes de “la Eme”, quien formó parte de la Dirección Nacional del M-19, junto con Jaime Bateman, Carlos Pizarro, Carlos Toledo Plata, Andrés Almarales e Iván Marino Ospina.

A diferencia de otras guerrillas contemporáneas —las FARC, el EPL o el ENL— fueron más flexibles en lo ideológico y muy audaces en lo militar. Sus primeras acciones subversivas incluyeron el robo del sable de Simón Bolívar y una irrupción en la embajada de la República Dominicana en Bogotá, con la toma de rehenes, para exigir diálogo nacional, amnistía y paz al gobierno colombiano.

Las fuerzas policiacas emprendieron una cacería. Rafa nunca olvidó cómo tuvo que ingresar —escondido en la cajuela de un auto— a la embajada mexicana, donde esperó a su entonces esposa, Clara Lucía, y a sus hijos Federico y Saia. El 15 de septiembre de 1979 llegaron al DF. Aquí se quedaría una década.

En ese periplo fungió como vocero del M-19 y con su nueva pareja comenzó la crianza de Pablo Camino y Abril, ambos mexicanos.

“Claudia ayudó en tiempos de la clandestinidad al M-19 en México”, recordó el presidente Petro. ¿Cuándo? A partir de 1985, cuando llegaron Antonio Navarro Wolff y Carlos Alonso Lucio, tras del granazado del que fueron víctimas en Cali. Navarro Wolff —quien perdió una pierna en el ataque— fue expatriado gracias a la intervención del escritor Gabriel García Márquez y fueron acogidos por Rafa, quien había sido asilado por el gobierno de Miguel de la Madrid, por la persecución del gobierno de Julio César Turbay Ayala. Aquí fungió como “embajador” del M-19, designado por Jaime Bateman.