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La captura del general Cienfuegos en Los Ángeles, acusado de narcotráfico, rasga la cortina de incorruptibilidad de las fuerzas armadas de nuestro país. Es un terremoto en el corazón de su credibilidad, por tanto, de su legitimidad.

La incorruptibilidad del Ejército es uno de los mantras de la vida pública mexicana, uno de los mayores ejemplos de nuestra dualidad analítica e institucional.

No hay nadie medianamente informado en México que no sepa de la corrupción, la violencia extrajudicial, la violación de derechos humanos y la colusión con el narcotráfico de parte de las fuerzas armadas.

Pero son pocos los que hablan de eso y menos quienes lo creen, pues las fuerzas armadas gozan de la mayor aceptación entre los mexicanos y no hay región sacudida por la violencia que no pida la presencia del Ejército.

Es una potente herencia del pasado priista: el discurso nacido del pacto de los gobiernos civiles con los militares, a partir de 1946, para garantizar al Ejército reconocimiento público, autonomía corporativa, impunidad judicial y negocios particulares, a cambio de que no hicieran política.

La funcionalidad del pacto ha sido descrita con elocuencia por Jorge G. Castañeda y Jorge Javier Romero*. México fue el único país de América Latina donde no hubo golpes militares.

El único también donde el Ejército permaneció intocado como corporación, al margen de la justicia civil y de la inspección pública. Por presión estadunidense, a partir de 1973, con la Operación Cóndor, México empezó a usar al Ejército contra el narcotráfico, con las funestas consecuencias que conocemos, entre ellas, la contaminación del Ejército.

El mayor caso de contaminación fue el del general Gutiérrez Rebollo, zar de la lucha antidrogas, preso en 1997 por proteger narcotraficantes. Famosos también son los militares de élite que formaron Los Zetas, el cártel más violento de México. Ahora, llega la acusación a Cienfuegos.

El daño a la legitimidad de las fuerzas armadas se antoja muy serio, entre otras cosas porque tiene ya una dimensión internacional. Las fracturas internas de la corporación, y de ésta con el gobierno, son tan inevitables como impredecibles.

Termina una época.