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En la literatura periodística y la de ficción -no se diga en todas las filmotecas y videotecas que por ahí andan- hay abundantes muestras de las actividades reales o imaginarias y, mejor, de la combinación de ambas, de la Agencia Central de Inteligencia, la famosa CIA.

Se asume por lo general, que desde los padres de la patria estadounidense, de la estirpe de Ben Franklin, el financiero Robert Morris y el abogado Patrick HenryGive me Liberty or give me death”, hicieron uso del espionaje. Igualmente sus sucesores.

Cerrado el odioso capítulo de la Segunda Guerra Mundial y sus espías de a pie, en 1947, el presidente Truman resumió esta tendencia y fundó la moderna CIA, que era tan independiente que le reportaba sólo al presidente de los Estados Unidos.

Luego, cuando comenzó el siglo 21, esto es en las Torres Gemelas de Nueva York el once de septiembre de 2001, todo el mundo cambió. La CIA se tomó en serio, se hizo más poderosa y comenzó a depender del cuerpo de seguridad nacional, desde su central en Langley, Virginia.

Por definición, la CIA se dedica a recabar información en el extranjero, de toda actividad, postura, pensamiento o intención que ponga en peligro la seguridad de los Estados Unidos; sus agentes tienen una oficina independiente en las embajadas norteamericanas. Ello, teóricamente, para que con base en esos datos, el Ejecutivo decida y ordene lo que hay que hacer.

En la práctica, las actividades de la CIA llamadas “encubiertas, negras, secretas” o de cualquier otra forma, pueden ir desde la infiltración, conspiración, reclutamiento de informantes, sobornos, asesoría en golpes de Estado, hasta el atentado o incluso el magnicidio.

Todo esto es un decir. Si no lo fuera, entonces sus actividades no serían negras, secretas, encubiertas, ni etcétera. Pero eso es lo que se dice, se rumorea y se comenta en todo el mundo.

Así, el presidente Trump nos sorprendió ayer, cuando informó que, después de haber logrado éxito con su cerco marítimo a Venezuela, hundiendo a siete grandes lanchas del narcotráfico, con dos docenas de tripulantes muertos, y que tenían proa a los Estados Unidos con su letal cargamento loco de contento, había decidido extender la acción norteamericana a tierra firme del Arauca vibrador. Le dio públicamente permiso a la CIA para que realice operaciones contra el narcotráfico en tierras de Venezuela.

Y a hacer lo necesario.

¿Qué no estaban ya ahí desde hace tiempo, con la misma instrucción?

PILÓN: PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): Reconozcámoslo, mexicanos: Matamoros, Tamaulipas, está a más de mil doscientos kilómetros de Palacio Nacional y hay cosas más importantes que atender. Para llegar a su desatendida Playa Bagdad -que en calidad de agua y arena no le pide nada a su vecina Padre Island, hay que recorrer un trecho todavía, que vale la pena.

El asunto es que, cada vez que al ricachón politico Elon Musk se le ocurre lanzar al espacio un cohete al espacio desde su plataforma de lanzamiento privada en la frontera de Texas y Tamaulipas, todo mundo mira para arriba.

En playa Bagdad, cuando ven para abajo, tienen que mirar como pedazos de metal caen en sus aguas.Son los restos de los cohetes impulsores -la parte más grande del cigarro espacial- que a los dos minutos del despegue ya no sirven para nada y es basura que hay que tirar.

Al Golfo de México, frente a Playa Bagdad. Esta semana se encontraron dos deflines muertos al lado de piezas metálicas enormes de Space X, de Musk, la firma que quiere llegar a Marte.

Es que Playa Bagdad está muy lejos de Palacio Nacional.