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En el 2022, antes del regreso de Donald Trump, demócratas y republicanos se pusieron de acuerdo en la llamada Ley Chips y Ciencia.

Una estrategia de inversión, la más grande en Estados Unidos en décadas, en ciencia y tecnología, diseñada para asegurar su futuro como líder mundial en innovación de Inteligencia Artificial (IA) frente a competidores del tamaño de China.

Si hace tres años la IA era la promesa tecnológica revolucionaria más grande en décadas, hoy es una realidad que ha avanzado mucho más rápido de lo que incluso los más entusiastas pensaban.

Entonces, Estados Unidos realiza una inversión estratégica de 280,000 millones de dólares en su Ley de Chips y Ciencia y, por el otro, desde una visión no estratégica sino populista Donald Trump promueve políticas arancelarias lo mismo en plátanos y aguacates que en acero o automóviles.

Y los dos temas tienen todo que ver cuando los aranceles generan inflación, aumentan la incertidumbre, debilitan el poder adquisitivo y socavan la estabilidad macroeconómica que necesitan las empresas, sobre todo las dedicadas a la IA que invierten miles de millones de dólares en centros de datos.

La IA, y sus derivados como la Inteligencia Artificial Generativa, no es un concepto abstracto, sino que requiere infraestructura física masiva y muy costosa.

Las presiones inflacionarias, derivadas de los aranceles, generan debilidad económica. No es que el precio del mango, el tomate o la carne de res, que ahora libran los aranceles, influyan en los semiconductores o en las tarjetas gráficas, pero los impuestos de importación al acero, al aluminio o las represalias chinas a las tierras raras sí afectan.

Además de los incrementos en los costos derivados de la inflación, la política arancelaria genera inestabilidad macroeconómica y con ello aversión al riesgo, que son incompatibles con el boom generado por las empresas dedicadas a la IA, muy en especial las Siete Magníficas.

Si la certeza de los otros agentes económicos no acompaña este entusiasmo frenético de la tecnología fácilmente se produce una burbuja que puede conducir con mayor facilidad a un brusco ajuste bursátil que cierre el círculo vicioso de la incertidumbre.

Se puede extrapolar el ejemplo a la realidad mexicana. Una industria maquiladora, y de alta tecnología, buscando un destino seguro y cercano, el conocido nearshoring, y México supuestamente interesado en su atracción, pero con políticas arcaicas en materia energética y con un gobierno cada vez más autoritario. No hay manera.

Estados Unidos lanzó hace unos cuantos años la apuesta política y de inversión más ambiciosa rumbo a la siguiente “revolución industrial” con la IA. Pero, al mismo tiempo, el gobierno de Donald Trump replica políticas comerciales, como la Ley Smoot-Hawley, de inicios del Siglo XX que demostraron su fracaso.

La decisión de Trump de levantar aranceles a plátanos y aguacates, motivada por los efectos negativos en su popularidad, es solo la prueba de que el populismo económico fracasó en su objetivo de producir internamente lo que no es posible.

Pero su costo real es mucho más alto, socava la confianza y el entorno macroeconómico que necesita la inversión en el futuro. Es una contradicción fatal que Estados Unidos pretenda ser el líder de la Inteligencia Artificial cuando insiste en comportarse como una economía arancelaria del 1930.

Los incrementos en los costos derivados de la inflación, la política arancelaria genera inestabilidad macroeconómica y con ello aversión al riesgo, que son incompatibles con el boom generado por las empresas dedicadas a la IA, muy en especial las Siete Magníficas.