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El común denominador global de la guerra en el Medio Oriente es el impacto en los precios de los energéticos y, sobre todo, la interrupción o destrucción de las cadenas de suministro que habrán de pasar meses o años antes de que se puedan restablecer.

Esto ya tiene un impacto económico que irá más allá del precio de las gasolinas, por más que la guerra pudiera terminar en este mismo instante.

Para México hay que añadir que el principal involucrado resulta ser la potencia de la que somos totalmente dependientes en lo comercial y en lo financiero.

A pesar de ello, parece haber una actitud del régimen mexicano de buscar más una fricción que una cohesión con Estados Unidos.

Mientras tanto, China vuelve a actuar con pragmatismo frente a la realidad turbulenta actual; con una “ofensiva de encanto”, esa economía promete un trato nacional y certidumbre a las empresas extranjeras, todo con tal de detener su sangría de capitales.

Y México, que ahora mismo debe apostarlo todo a mantener la relación comercial con Estados Unidos a través del T-MEC, prioriza la retórica populista y el alineamiento ideológico con regímenes claramente antidemocráticos, como el cubano.

El gobierno mexicano ha dado como un hecho que las inversiones llegarán inevitablemente por la guerra comercial entre Washington y Beijing, pero si China realmente logra que muchas empresas extranjeras muerdan el anzuelo que ahora lanza, México puede perder ese único argumento para posicionarse como un puerto seguro y cercano.

China claramente es una nación autoritaria, pero es una potencia pragmática con amplias ventajas comparativas; mientras que México se deja ver como un país estancado, con instituciones debilitadas y leyes cambiantes.

Es un hecho que la política comercial de Donald Trump tiene como eje la guerra comercial con China. Este es el punto central de la renegociación del T-MEC: el rechazo frontal a que capitales asiáticos utilicen la puerta trasera mexicana para acceder al mercado estadounidense.

Pero ni MAGA (Make America Great Again) es para siempre, ni Estados Unidos puede estar seguro de que saldrá económicamente bien librado de la guerra contra Irán. La Casa Blanca puede tener que reconsiderar algunas de sus barreras comerciales como mecanismo de supervivencia.

China no puede disfrazarse de una opción atractiva para los capitales mientras que México decide mostrar su apoyo a las dictaduras de la región. La mentalidad de Washington es la de privilegiar la “seguridad nacional”, como la entiende Donald Trump, muy por encima de la eficiencia comercial.

Este país no se puede presentar como un aliado poco fiable en los temas geopolíticos, porque eso aporta pretextos a los sectores más radicales y proteccionistas para desmantelar la relación comercial vía el T-MEC.

México no puede seguir devaluando su costo de oportunidad frente a competidores como China que optan por vestir la piel de oveja, mientras que este régimen compromete la certidumbre jurídica y alardea su afinidad política con los regímenes más impresentables del continente.

China es el gran enemigo comercial de Estados Unidos, sin duda, pero si vemos en un largo plazo, México pierde certidumbre mientras que los asiáticos parecen decididos a aprender de sus errores para recuperar inversionistas.