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Completo mi nota sobre la reflexión de Martín Hopenhayn a propósito del estallido de Chile ( “Chile: entre el madrugar y el despertar”, https://bit.ly/31QTqzW).

Describí pobremente su explicación de la acumulación silenciosa del malestar rumbo a la explosión cívica de los últimos días. Digo la explosión cívica para distinguirla de los hechos violentos, cuyos detalles están sujetos a revisión.

En el estallido cívico chileno, dice Hopenhayn, hay un fondo, muy chileno, de dignidad ofendida y de afrenta por el maltrato desigual, en una sociedad que ha ganado el derecho a reclamar trato igualitario. Hopenhayn cita al efecto dos declaraciones de ministros del gobierno. Uno dijo que el aumento de la tarifa del metro santiaguino era una buena ocasión para ejercer el buen hábito de madrugar y aprovechar la tarifa barata.

Otro ministro dijo, en un contexto general de alza de los precios, que los románticos podían aprovechar el momento para comprar flores, pues su precio estaba todavía por debajo de la inflación. Son frases que pueden leerse en clave de la reacción atribuida a María Antonieta cuando le dijeron que el pueblo francés tenía hambre y ella respondió que les dieran pasteles.

Recuerdo que el escritor chileno Arturo Fontaine escribió durante la campaña de la primera elección de Sebastián Piñera a la Presidencia, que era un hombre brillante al que le faltaba corazón. Corazón le faltó a su gobierno para no escuchar la anónima y profunda queja de sus clases medias tronándose los dedos porque están endeudadas y no saben cómo resolver el día de mañana.

Hopenhayn: “Chile tiene pocos pobres, pero una proporción enorme de la población vive bajo un nivel de estrés brutal, sordo y soterrado… Los horarios de trabajo semanal superan las 45 horas, las familias están todas en crisis. Los datos de salud son alarmantes respecto de trastornos de salud mental. La obesidad aumenta a pasos agigantados, la inseguridad se ha convertido en la obsesión de todos… Muchos viven al límite para llegar a fin de mes, expuestos a que una enfermedad catastrófica o una pérdida de empleo los exponga a la vulnerabilidad absoluta”.

El de Chile no es un estallido tradicional de pobreza latinoamericana. Es un estallido de clases medias hartas con el precio cotidiano que tienen que pagar por su ascenso social.

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