Cerrado por futbol


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Manuel AjenjoEl Privilegio de Opinar

El encabezado de esta columna es el título del libro póstumo del gran escritor Eduardo Galeano, un uruguayo al que el futbol lo apasionó casi tanto como escribir historias; en 1995 publicó “El futbol a sol y sombra”, donde confesó: “a la larga he terminado por asumir mi identidad: yo no soy más que un mendigo de buen futbol. Voy por el mundo sombrero en mano, y en los estadios suplico: -Una linda jugadita, por el amor de Dios. Y cuando el buen futbol ocurre, agradezco el milagro sin que me importe un rábano cuál es el club o el país que me lo ofrece”.

El encabezado de esta columna es el título del libro póstumo del gran escritor Eduardo Galeano, un uruguayo al que el futbol lo apasionó casi tanto como escribir historias; en 1995 publicó “El futbol a sol y sombra”, donde confesó: “a la larga he terminado por asumir mi identidad: yo no soy más que un mendigo de buen futbol. Voy por el mundo sombrero en mano, y en los estadios suplico: -Una linda jugadita, por el amor de Dios. Y cuando el buen futbol ocurre, agradezco el milagro sin que me importe un rábano cuál es el club o el país que me lo ofrece”.

Hoy, no obstante la efervescencia que vivimos en el México preelectoral, bajaremos, momentáneamente, la cortina de la política, para levantar el telón del juego del hombre (Ángel Fernández, dixit), debido a la inauguración del vigésimo primer Campeonato Mundial de Futbol, que tendrá a Rusia como sede.

Jorge Valdano, campeón del mundo con Argentina en 1986, y un buen escritor, afirmó en su libro “El futbol infinito”: “No existe ningún otro fenómeno social que, como el futbol, se haya adaptado con más naturalidad a la globalización. A pesar de tratarse de un juego en apariencia tan primitivo y alérgico en su práctica a la tecnología, se ha incorporado con enorme facilidad a todos los vehículos de comunicación: prensa, radio, televisión, internet y todas las variables de redes sociales existentes y por venir. Y en este proceso, se ha convertido en un negocio planetario que explota la emoción, que necesita de héroes y al que ya no le alcanza el resultado para seducir. Un juego de pobres que mueve una industria de ricos”.

En otra definición más juguetona o humorística, el argentino que fue compañero de Hugo Sánchez en el Real Madrid, equipo del que fue, posteriormente, Director Técnico y Director Deportivo, dice que el futbol es “un juego en el que se enfrentan once contra once y siempre gana Alemania”. (¡Gulp!)

El escritor, ensayista, cronista y necaxista, Juan Villoro, es en nuestro país el intelectual –filósofo del futbol, como Manuel Vázquez Montalbán bautizó a los pensadores argentinos sobre este juego- más conocedor del balompié y el que más y mejor ha escrito sobre el deporte que “cuando sales a la cancha ya no existe el color rosita”, frase de Ángel Fernández, consignada por Villoro en “Los once la tribu”.

En una conferencia magistral titulada “Los actores del césped”, dictada el 25 de agosto del 2016 durante el Coloquio Internacional de Teatro y Futbol, reporteada para La Jornada por Ángel Vargas, Juan Villoro manifestó que el deporte-espectáculo rebasa sus propias fronteras para convertirse en una manera de comprender al mundo y entendernos como sujetos lúdicos. En su opinión, uno de los atractivos que hacen fascinante y distinguen a éste de otros deportes tiene que ver con que es uno de los juegos más sencillos y con menos reglas que existen, además de ser bastante simple de entender. (Para Jorge Valdano, las reglas futbolísticas las puede entender un niño de cinco años).

Entre los valores que comparten el teatro y el futbol, señaló el autor de “Dios es redondo”, es que en ambos hay una comparecencia simultánea de tres figuras decisivas: los actores, los personajes y el espectador. En el deporte los actores y los personajes equivalen al futbolista, quien es un ser que se ha preparado para el juego, pero sobre la cancha adquiere otro rango; es alguien distinto a su persona. Mientras, la figura del espectador o aficionado es tan determinante en esta disciplina que es considerado el jugador número 12.

Hizo, también, un parangón entre los rituales que existen en el teatro con los que hay en el futbol, “que es un gran sistema de supersticiones. Sus aficionados no están viendo la realidad, sino un sistema de creencias. Un aficionado quiere, si es posible, que su equipo gane en el último minuto en un fuera de lugar que no vea el árbitro”.

Lo anterior me motivó a investigar si hay un santo patrono del balompié. Para mi sorpresa no hay uno sino cuatro santos que protegen a los futbolistas (ha de ser, supongo, sugerencia de Juan Carlos Osorio, para hacer rotaciones). Éstos son: san Pier Giorgio Frassati, que organizaba excursiones en las que no faltaba un partido de futbol; el santo italiano Luigi Scrosoppi que se le representa con un balón en la mano; san Juan Bosco, que fue propuesto como patrono de los practicantes futbolísticos por ser alegre, juvenil y amistoso; san Juan Pablo II es considerado patrono de los porteros porque en su juventud fue guardameta. (Ahora me explico los autogoles y golazos que le metió Marcial Maciel).

Pero ya encarrerado el ratón (de sacristán) aquí les va el Padre Nuestro del futbol: “Balón nuestro que estás en la cancha, santificado sea tu cuero. Ven a nosotros justo al pecho. Hágase tu voluntad, en penales como en tiros libres. Danos hoy nuestro pase de cada día. Perdona nuestros punterazos, como también nosotros perdonamos a quienes te estrellan en el travesaño. No nos dejes caer en la tentación de mandarte a la tribuna y líbranos del mal futbol. Amén”.

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No sé qué partido me da más miedo, si el PRI, el PAN, el PRD, Morena o el de México contra Alemania.

  1. La mamá de los delincuentes

    Por estos día estuve leyendo el libro de Héctor de Mauleón, La Ciudad Oculta, tomo II. La interesante publicación tiene un capítulo dedicado a La Banda del Automóvil Gris. Esta tristemente célebre agrupación delictiva no hubiera existido de no haber acontecido la Decena Trágica: golpe militar sucedido del 9 al 19 de febrero y que tuvo como objetivo derrocar al presidente Francisco I. Madero, aunque se les pasó la mano al chacal Victoriano Huerta y a sus secuaces y no solo lo derrocaron, lo asesinaron a él y al vicepresidente José María Pino Suárez.

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