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La renuncia (efectiva hasta dentro de… ¡siete meses!) de Agustín Carstens a la institución que gobierna para encabezar el más importante banco del mundo ha desatado reacciones que van desde algo cercano a traición a la patria, que salta del barco, o que su salida significa que sus paisanos quedamos en la orfandad.

Son opiniones de quienes ignoran que, en lo personal, dirigir el Banco de Pagos Internacionales es el mayor honor y la mayor aspiración de cuantos tienen a su cargo los bancos centrales en los más de 190 países que existen o que, en lo institucional, México seguirá, inevitablemente, como una nación incluida en las futuras tareas del renunciante.

Carstens dirigirá el banco decisivo para las políticas monetarias de los bancos centrales (el Mundial no establece obligaciones, solo hace sugerencias y propone directrices): esa institución prácticamente dicta órdenes para el menor desasosiego económico internacional, lo cual implica que la banca privada mundial cumpla reglas estrictas para dar confianza a los usuarios, aplicar regulaciones y asegurar la estabilidad financiera global.

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