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No fue invención del senador Alejandro Armenta para quedar bien con el presidente López Obrador y ser premiado con la candidatura de Morena por el gobierno de Puebla.

Tampoco fue hackeado el celular de la ministra Norma Lucía Piña Hernández ni fueron alterados o fabricados los pantallazos del whatsappeo con que alteró la señora su imagen de mujer habitualmente apacible, discreta y de encomiable temple frente a situaciones tan adversas como las que mantienen en vilo a las instituciones autónomas del Estado y la republicana separación de poderes.

Para descargar su indignación y como pudo (se vive más como se puede que como se debe), reveló su comprensible contrariedad por las rabiosas agresiones del oficialismo y lo más que puede reprochársele es que se equivocó al elegir a Armenta como interlocutor.

Si la ira enceguece y quien se enoja pierde, merece reconocimiento por admitir sin tapujos la autoría de los mensajes denunciados por el senador, y más aún su aceptación de que “la vía utilizada no fue la más adecuada”.

Y celebro su advertencia:

“Confío en que mi modo frontal y directo de hablar se distinga claramente de una amenaza…”.

Su paciencia, es obvio y explicable, llegó al límite.

Me gusta que se ufane de ser frontal y directa porque, presidiendo el Poder Judicial de la Federación, está obligada a responder las injurias frontales y directas del cuatroteísmo, comenzando por las que profiere López Obrador contra ella y sus descalificaciones a un sistema judicial que debiera respetar.

Sin embargo, más allá de formas y contenidos, el problema de fondo en los mensajes con que provocó al presidente de la Mesa Directiva del Senado y por ahora de la Comisión Permanente del Congreso, por más que represente al Poder Legislativo, para efectos prácticos ella y él no tienen el mismo peso.

La ministra se equivocó de presidente porque, si de enfrentar y ser directa se trataba, el ring al que debió subirse es al de su principal agresor: el titular del Poder Ejecutivo, o sea, Andrés Manuel López Obrador.

Con la pregunta “¿Usted puede ver a los ojos a sus hijos o hijas después de lo que dice?” comienza su inaudito y pasmoso chateo con Armenta.

Ignoro qué habrá dicho el senador para inspirarle tal interrogante pero, aceptando sin conceder la procedencia del planteamiento, lo mismo debió inquirirle a quien la detesta y ataca: el jefe de jefes de la 4T, quien ha dicho en distintas mañaneras que los ministros de la Corte son “irresponsables y corruptos”; que detentan un “bastión del conservadurismo corrupto”; que el Poder Judicial “está tomado por la delincuencia organizada y de cuello blanco”, y que “casi en su totalidad, de arriba abajo, está podrido…”.

También celebro que la señora tenga la toga bien puesta y no tema responder a las injurias personales y contra la independencia del Poder Judicial federal que, por fortuna encabeza (y no la preferida del Presidente, la plagiara Yasmín Esquivel), honrando su papel como parte medular del Supremo Poder de la República.