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Si Emiliano Zapata fue el caudillo más puro de la Revolución, Hipólito Mora encarnó lo mejor del espíritu de las autodefensas michoacanas.

Lograron asesinarlo ayer después de varios intentos, pero se le recordará como quien encarnó lo más genuino y mejor del espíritu de lucha de los agricultores (él cultivaba limón) que decidieron armarse para enfrentar a la delincuencia organizada.

A diferencia de otros líderes que terminaron corrompidos y cooptados por los criminales o seducidos por la política y el poder, nunca dejó de insistir en que los distintos gobiernos asumieran su responsabilidad ante el creciente azote de la delincuencia.

Del domingo 5 y el miércoles 8 de marzo son los últimos mensajes que cruzamos Hipólito y yo. Lo busqué la mañana del domingo porque el sábado 4, en Radio Fórmula, escuché la envidiable entrevista de Óscar Olguín sobre el enésimo atentado que esa misma tarde se había perpetrado contra su vida y que la propia víctima dio a conocer

“Acabo de sufrir un ataque de los sicarios en el centro de La Ruana, me hirieron a un escolta y una empleada de la refaccionaria resultó herida”.

Olguín le preguntó:

—¿Por qué te quieren matar?

“Porque soy incómodo para el crimen organizado; porque no me callo, sigo diciendo, sigo luchando, sigo hablando cuando tengo la oportunidad de hablar con periodistas y en mis redes; porque no los dejo en paz y por eso han tratado de asesinarme varias veces”.

El 24 de febrero, a 10 años del surgimiento de autodefensas, Hipólito anunció que volvería a las armas por la incapacidad del gobierno de Alfredo Ramírez Bedolla para enfrentar la criminalidad en Buenavista y otros municipios michoacanos de Tierra Caliente. 

Ese mismo viernes fue amenazado de muerte si seguía “con sus chingaderas”, y ocho días después lo intentaron. Fue cuando escuché la entrevista que hubiera querido hacerle.

“Ahorita, los que nos atacaron hoy fueron Heladio Cisneros, La Sirena, con dos grupos de Los Viagra”, le dijo a Olguín.

“Me ha salvado Dios y, aunque se oye medio fanfarrón, me sé defender”, comentó, “pero han muerto muchas personas al lado mío, que lucharon conmigo en las autodefensas, pero Dios sabe que estoy luchando por algo justo y por el bien de los demás. Es lo principal y sé defenderme”.

Lamentó:

“Aquí no han detenido a nadie, ojalá que hagan su trabajo porque yo ya estoy hasta la madre”.

Ayer que lo asesinaron, a Ramírez Bedolla no le dio vergüenza decir que el “movimiento armado, ilegal” de Hipólito Mora “no trajo nada positivo al estado” y que le había pedido “que por esos temas se mantuviera en Morelia para que no corriera riesgo su vida”. 

La misma fórmula, pero con vivienda, comida, hospedaje, trabajo, servicios escolares y médicos, debiera ofrecer ese gobernador a los miles de michoacanos desplazados por la narcoviolencia en la entidad que mal gobierna.

—¿Te vas a callar?— le preguntó el periodista Olguín.

“Claro que me voy a callar cuando esté en el panteón”, respondió Hipólito Mora sin el menor asomo de duda…