1. Porque los pretextos para destituirlo apestan a chiquero, el presidente de Perú requiere y merece ser apoyado, inclusive por el gobierno mexicano.

2. Un día después del arribo a Lima del secretario de Hacienda, Rogelio Ramírez de la O, para respaldar a Pedro Castillo porque “está atravesando una situación difícil”, Andrés Manuel López Obrador advirtió que intervendrá en las elecciones estadunidenses para que la población de origen mexicano vote contra los legisladores que no aprueben la propuesta de reforma migratoria del presidente Joe Biden. Por explicables y hasta plausibles que sean, ambas acciones constituyen abiertas intervenciones en la política interior de otros países. Al intentar justificarse, el gobierno arguye que no contraviene el precepto juarista del respeto entre las naciones porque, como dice el canciller Marcelo Ebrard, solo se trata de solidarizarse con causas justas, no de entrometerse para imponer gobiernos. El sofisma es obvio.

Pero a nadie deben sorprender estas intervenciones porque la ética diplomática de México siempre ha sido elástica, tomando partido por los republicanos en España, el castrismo en Cuba, el allendismo en Chile, el madurismo en Venezuela, el evomoralismo en Bolivia, o primero el sandinismo y ahora el orteguismo en Nicaragua.

Lo bochornoso es que se pregone que México no es intervencionista. En el caso peruano, la oposición quiere tirarlo bajo cargos tan endebles como “incapacidad moral permanente”, supuesto financiamiento irregular de su partido (Perú Libre), probable “tráfico de influencias” en su entorno, el restablecimiento de relaciones con las tiranías de Cuba y Venezuela, y de pilón, la “inestabilidad económica”. Denostado, humillado y despreciado (con evidente carga de racismo y clasismo) por sus opositores, Castillo ganó democráticamente su cargo y es válido que lo auxilien gobiernos ideológicamente afines.

AMLO dejó asomar una incipiente variante del “internacionalismo proletario” cubano: “No solo es el Perú. Durante el periodo neoliberal, los dueños del mundo fueron creando sistemas de gobierno para que no pudiera llegar un líder popular a gobernar y que si llegaba lo pudieran rodear y tenerlo atado…”.

Muy distinta es la intervención mexicana en las elecciones de Estados Unidos porque se trataría, ahí sí, de procurar incidir en el gobierno de ese país, donde el Congreso suele tener un peso tan clave como el presidencial en las decisiones.

Está bien que cada gobernante haga lo que quiera y pueda hacer, inclusive intervenir políticamente en otras naciones.

Lo que está mal es el cacareo de frases trilladas como la de que “entre los individuos como entre las naciones el respeto al derecho ajeno es la paz”, cuando bien se sabe que la política (nacional o internacional) es, además de un muladar, una sorda guerra…