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Hace ocho días la calle Puente de Alvarado de la capital fue renombrada México-Tenochtitlan, y el mismo nombre se impuso a la estación del Metrobús en ese tramo de la antigua Calzada de Tlacopan.

La nueva nomenclatura encaja con la hilarante visión de la 4T de los 500 años de la Conquista como de resistencia (de los descendientes de los derrotados por algunos cientos de españoles y decenas de miles de aliados antimexicas).

Semanas antes, en Popotla, el ex jardín del Árbol de la noche triste fue rebautizado como Plaza de la Victoria.

Como ha escrito Héctor de Mauleón (el miércoles y anoche conversamos en El Asalto… de MILENIO tv), la burocracia no borra el pasado, incita al olvido.

Deplorable decisión: Puente de Alvarado fue la primera calle con identidad que hubo en la ciudad colonial que se levantó sobre la prehispánica.

Así de antiquísima.

Los rebautizos ocurren en el contexto antiespañol de la tardía concepción que el cuatroteísmo tiene de aquellos episodios en que se gestó la nacionalidad mexicana, mayoritariamente mestiza.

Con rencor que privilegia el pasado tenochca y desdeña a las otras etnias que poblaban lo que 300 años después de la conquista comenzó a ser México, se soslaya la paternidad peninsular y la maternidad indígena que emblematizan Cortés y la Malinche, progenitores de Martín, uno de nuestros primeros y remotos paisanos. Y lo mismo, por cierto, pasó con Pedro de Alvarado y la tlaxcalteca bautizada Luisa (hija de Xicoténcatl el viejo), originalmente destinada a Cortés al pactarse la Triple alianza: Alvarado y ella procrearon a Luis y Leonor, otros dos tan mestizos como gran parte del paisanaje de ahora.

El chovinista antihispanismo afloró el año pasado con la vergonzante retirada de Colón de su glorieta en Reforma y la necedad de que España se disculpe por los crímenes de la conquista que cometieron también sus asociados precortesianos.

Pese al sectario y marrullero reacomodo de la historia (los padres del cura Hidalgo fueron tan españoles como Jaime Nunó, autor de la música del Himno Nacional), la negación de otro pasado, éste relativamente reciente, se dio también en la capital durante el sexenio anterior, cuando fueron desmontadas y escondidas las placas con el nombre Gustavo Díaz Ordaz, quien ordenó la construcción de las tres primeras líneas del Metro. Con la lógica de remendar la historia con los caprichos del Poder, el Palacio de las Bellas Artes debiera ser demolido porque su proyecto y arranque de obra fueron instruidos por Porfirio Díaz.

El caso es que Pedro de Alvarado (tan sanguinario como sus víctimas mexicas, mayas o incas y sus aliados nativos) ha quedado proscrito. Con el discurso antiespañol, que nadie se asombre si desaparece el nombre Villa de Cortés de la Línea 2 del Metro; que lo mismo hagan con el Parque España o que, de cundir tan deleznable ejemplo, que un pésimo gobernador convierta a los “groseros” de Alvarado, Veracruz, en los “majaderos” de Cuitláhuac…