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De las nueve declaraciones de los sicarios responsables directos de la ejecución y desaparición de los normalistas mediante la quema y carbonización de sus cuerpos en el basurero de Cocula y el esparcimiento de los restos en el Río San Juan sobresalen tres por su valor probatorio indiscutible y preponderante: Son las de los hermanos Bernabé y Cruz Sotelo Salinas, apodados El Peluco y El Oaxaco, y la de Juan Miguel Pantoja Miranda, El Pajarraco.

Constituyen testimonios valiosos desde el punto de vista legal, no solo por ser coincidentes entre sí, con las confesiones de otros coinculpados y con el cúmulo probatorio técnico-científico, sino y principalmente porque se trata de revelaciones limpias, jurídicamente incuestionables, ya que fueron emitidas de forma espontánea y al amparo de las más amplias garantías de respeto a sus derechos humanos.

En un contexto de desconfianza por las investigaciones anteriores y actuales del Ministerio Público Federal, entre los múltiples elementos del caso y aun tomando en cuenta que varios de sus compinches fueron torturados para decir lo mismo, se trata de testimonios confiables que narran una invariable verdad.

No hay razón, pues, para descalificarlos y no tomarlos en cuenta. El Peluco y El Oaxaco emitieron su declaración de ley asistidos de su defensor y en presencia de dos representantes de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (los activistas del sectario Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes) Ángela Buitrago y Claudia Paz, y del entonces subdirector (hoy directivo) del Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez, Santiago Aguirre.

A diferencia de ellos, El Pajarraco contó lo mismo ante los visitadores adjuntos de la Oficina Especial de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, que encabezaba el abogado José Trinidad Larrieta.

Las tres confesiones demuestran que la tesis de la “verdad histórica” sostenida por Jesús Murillo Karam, con todo y basurero y río, no se basa nada más en declaraciones obtenidas bajo tortura, como afirma el subsecretario Alejandro Encinas. Por lo tanto, de ninguna manera es “verdad” la serie de mentiras proferidas por el funcionario que preside la Comisión Para la Verdad y Acceso a la Justicia, cuya versión alterna del crimen en realidad se aleja de la verdad y de la justicia.

De los nueve inculpados confesos, únicamente en cuatro se demostró que sus dichos fueron arrancados por la fuerza (El Cepillo, El Gil, El Jona y El Pato).

En uno más, El Chereje, pudiera haber indicios, pero nunca se demostraron, y en otro, El Duva, solo existió la opinión del corrosivo GIEI, sin que se corroborara con el Protocolo de Estambul.

En cuanto a los hermanos Sotelo Salinas (Peluco y Oaxaco), no hay el menor indicio de tortura, y menos en lo que se refiere a Pantoja Miranda (Pajarraco).

Las tres versiones de la misma historia son legalmente genuinas. Y pesan tanto sobre el informe Encinas que terminarán aplastándolo…