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La refinería que se construye en Dos Bocas, Paraíso, Tabasco está muy lejos de entregar su primer barril de gasolina y mucho más lejos de ser una inversión rentable para el país. Es un proyecto que ya duplicó el costo presupuestado y va en 17,000 millones de dólares.

Por eso, cuando Pemex compró la participación a Shell Oil Company de la refinería en Deer Park, Texas, por 596 millones de dólares, más las deudas, pareció un gran negocio. Porque esas instalaciones industriales ya operan con una capacidad de producción de 340,000 barriles diarios.

Parece que ahí nació el amor presidencial de hacer que sus obras faraónicas hicieran caravana con sombrero ajeno.

Al inicio de este régimen la sentencia era que se hicieran las obras presidenciales al costo que fuera.

Si se trababa de hacer su aeropuerto en la base militar de Santa Lucía el costo fue cancelar un aeropuerto que sí hubiera funcionado y que llevaba 30% de avance en su construcción. Y así fue.

Para el Tren Maya no hubo selva, cenote o amparo que valiera. El Presidente decretó la expropiación de más de un millón de metros cuadrados de propiedad privada bajo el amparo de una obra de “seguridad nacional” con la tutela del Ejército Mexicano.

Con el paso de los años, en los que ha quedado claro que la mayoría de los proyectos espectaculares del Presidente son inviables, lo que ha seguido es echar mano de la infraestructura privada para dar la apariencia de cumplimiento.

En el 2021, la empresa petrolera Talos Energy descubrió un yacimiento importante de petróleo en el Golfo de México y la respuesta del régimen fue darle a Pemex los derechos de explotación. Después de un par de años de desencuentros, hace unas semanas se presentó un plan para explotar el yacimiento de manera conjunta, en el ánimo de lo perdido lo que aparezca.

En materia eléctrica el gobierno se ha dedicado a bloquear las inversiones privadas, sobre todo en energías renovables, para dar espacio a la Comisión Federal de Electricidad.

En la evidente imposibilidad de aumentar la productividad con el enfoque que le ha dado a la empresa Manuel Bartlett, López Obrador tomó la decisión de comprar 13 plantas de generación de electricidad de Iberdrola por 6,000 millones de dólares. Una vez más, la incapacidad gubernamental solventada con activos de la iniciativa privada pagados a altos costos.

Ahora, el tren transístmico, posiblemente la única buena idea de infraestructura del régimen tampoco iba por buen camino y otra vez se echa mano de lo que pertenece a empresas privadas, sólo que ahora con figuras legales que se parecen a la expropiación.

Ante el rotundo fracaso de su elefante blanco del Instituto de Salud para el Bienestar, López Obrador se monta en la pobre infraestructura de ese organismo tripartito (gobierno, trabajadores y empresarios) que es el Instituto Mexicano del Seguro Social.

La más reciente novedad es que ante el previsible fracaso que se ve venir de su Banco del Bienestar, ahora López Obrador ya quiere comprar Banamex.

Todo con cargo a nuestros recursos y como para cerrar esta larga lista de caravanas que hace la 4T con infraestructura ajena.