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De las más valiosas enseñanzas de mi padre, tengo en alta estima su capacidad de observación de la vida pública y sus juicios simples. Mira cada año cuando el gobierno da a conocer su presupuesto de gastos, me dijo: si la suma mayor va dedicada a educación, vamos bien; si está dedicada a la defensa nacional, algo anda mal.

Lo recordé porque, a primera vista, hace unos días, cuando se dio a conocer la orden ejecutiva de Donald Trump de desmantelar el Departamento de Educación de los Estados Unidos, me sentí inclinado a calificar la medida como la más imbécil de todas las imbecilidades cometidas por el mandatario del Norte. Parece que no es así.

Si bien es una orden ejecutiva que esquiva la obligación de pasar por el Congreso para que se haga realidad en su totalidad, la disposición es más bien un reordenamiento administrativo que encaja en la decisión trumpista de gobernar con un aparato más reducido, menos costoso, y eliminando trámites burocráticos que dificultan la compleja tarea de educar a un país.

En esencia, la reforma educativa que está implementando Trump consiste en meter reversa al programa que impuso en 1980 Jimmy Carter al dividir el departamento de salud, educación y bienestar, centralizando la conducción educativa en Washington. El tema educativo ha estado presente en la preocupación del gobierno central desde el siglo XVII, particularmente por el interés político de unificar criterios en un sistema educativo en el que conviven desde entonces las escuelas públicas, privadas y las parroquiales, que juegan un papel importante. En un país en que la educación superior es tremendamente cara.

El desmantelamiento del Departamento de Educación no se mete con la manera en que se educan los niños y jóvenes; lo que hace es descentralizar la distribución de los fondos dedicados a ello. El año pasado fueron 268 mil millones de dólares, frente a los 14 mil iniciales en tiempos de Carter. Este año se incrementará, pero la educación empieza a pasar a la autoridad de los gobiernos estatales, con una participación importante de los padres de familia.

No puedo menos que hacer una analogía con la destrucción del sistema educativo mexicano que metódicamente implementó un señor de nombre Marx Arriaga, cuya única autoridad proviene de su cercanía a la esposa del expresidente Andrés Manuel López Obrador, que patrocinó su trabajo, sin participación alguna de expertos, autoridades regionales o padres de familia. A la chita callando, el equipo del señor Arriaga modificó todos los libros de texto que usan nuestros chiquillos en la escuela, introduciendo, según los especialistas que han analizado los nuevos textos, nociones de ideología y suprimiendo conceptos científicos, particularmente en los primeros años de enseñanza, que en los Estados Unidos se denomina el período K-12, esto es desde el kindergarten hasta el duodécimo año de escolaridad. Ese segmento, en la reforma de Trump, no se toca.

Es un lugar común subrayar la importancia de la educación en el modelo de país que soñamos para el futuro. No lo es, sin embargo, la urgencia de que el aparato de gobierno, en todas sus facetas, cueste menos y sea más eficaz.

PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas):  “Gracias por rezar por mi. Gracias por esas flores amarillas” fueron las únicas palabras que pudo dirigir el Papa Francisco desde la ventana del hospital donde estuvo más de cuarenta días afectado severamente de su sistema respiratorio. Aún fuera del hospital tendrá que convalecer largas semanas hasta su total recuperación; los hospitales, por naturaleza, son sitio donde abundan bacterias y contagios. Francisco estuvo a media cuadra de la muerte, según seguimos los informes médicos, y su recuperación se calificaría de milagrosa si no le tuviésemos confianza a la ciencia. Ojalá que haya Papa Francisco para largo.

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