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La realidad es que Petróleos Mexicanos y el gobierno federal forman parte de un mismo cuerpo, han sido uno mismo desde el nacimiento de la empresa paraestatal tras el mítico y casi mágico proceso de expropiación de Lázaro Cárdenas en los años 30 del siglo pasado.

Si queremos una comparación con la fisiología humana, diría que Pemex ha sido el páncreas del cuerpo mexicano. Por años secretó miles de millones de dólares para la digestión del gasto público y generó la insulina que dio estabilidad e identidad a los gobiernos posrevolucionarios.

Pero los malos hábitos sindicales, la malnutrición fiscal y la obesidad del gasto público acabaron por dañar el órgano que ahora requiere de inyecciones de insulina que compense la diabetes que se buscó el cuerpo económico completo.

Si falla no muere el cuerpo, pero hay que atenderlo para evitar un error general futuro.

Si con los 73,500 millones pesos que inyectará el gobierno federal, a través de la Secretaría de Hacienda, Pemex logra pagar sus compromisos de corto plazo con proveedores, tenedores de bonos y trabajadores, entonces el propio gobierno federal se estará haciendo un favor.

La suerte de Pemex es la suerte de México. Y esto va más allá de un gracioso rescate a una empresa que ciertamente es gigantesca.

Ahora, las finanzas públicas no son un cuerpo del todo sano. El aumento de la deuda y el incremento del déficit fiscal son lecturas de alerta, como si se tratara de tener altos niveles de glucosa y una presión arterial alta.

No hay diagnóstico de una enfermedad grave, pero hay la alerta amarilla de cuidarse. Y ése, ciertamente, no es el mejor escenario para hacer trasferencias a Pemex, pero no hay de otra.

Parece que la mejor parte del anuncio del rescate de Pemex se dio con aquello del cambio en su régimen fiscal. Éste es el primer paso de algo mayor en el futuro.

De entrada, que Petróleos Mexicanos aspire a poder pagar menos impuestos es una esperanza para que pueda mejorar su salud.

Por ahora hay un guiño de aumentar las deducibilidades para determinar los derechos de la utilidad compartida en los trabajos de exploración y extracción de petróleo tanto en aguas someras como en campos terrestres. Claro que es un guiño de 50,000 millones de pesos, pero es la punta del hilo de una madeja que hay que seguir hasta llegar a una verdadera reforma fiscal.

Con la reforma energética a Pemex se le puso el eufemístico nombre de empresa productiva del Estado. Al parecer, con este primer cambio fiscal para la petrolera empieza realmente a cobrar sentido ese mote.

Claro que para quitar a Pemex la presión fiscal histórica hace falta que se incrementen aun más los ingresos fiscales de otras fuentes. Desde el 2013 aumentó la carga tributaria básicamente en los mismos contribuyentes de siempre, falta incorporar a millones que tienen recursos pero no pagan impuestos. Eso se llama reforma fiscal, eso es algo que el actual gobierno tiene en la lista negra de sus temas.

Debe llegar el día en que la empresa que resulte del rescate de Pemex pague impuestos como cualquier otra firma, que compita con los privados, y que además pague un impuesto especial por la explotación del subsuelo, como también tienen que pagarlo los privados.

Así es que, en medio del rescate de Pemex, el camino a la salud del cuerpo económico, el verdadero cambio para hacer de Pemex una empresa rentable y sana es el cambio del régimen fiscal.