Hoy, el que escribe estos renglones, que algunos juzgarán torcidos, es capaz de meter sus manos al fuego por dos cosas: Una, le guste a quien le guste, por la admirable capacidad y habilidad económica del presidente Peña Nieto; la otra, por el pinche frío que hace.

Aclaro que el fuego en el que me atrevería a meter mis manos no es un fuego como el del basurero de Cocula, capaz de calcinar cadáveres a pesar de la lluvia, el fuego al que me refiero tendría que ser más tenue; un fuego que no achicharre, sino que conforte. Digamos, un fuego como el de la chimenea que tendrá la casa de mis sueños, la que aspiro poseer si el Grupo Higa me da las facilidades de pago que acostumbra.

Es posible que el lector se pregunte de dónde nace mi admiración hacia la capacidad y habilidad económica del señor licenciado Peña Nieto. Lo explicaré: acabo de leer un artículo firmado por Martín Moreno y publicado en el periódico digital sinembargo.mx, en el que nos informa que al hacer una revisión de las finanzas del jefe del Ejecutivo con base en su declaración patrimonial más reciente, detectó que el susodicho compró al contado su primera casa, con una superficie de terreno de 560 metros cuadrados, en 924,000 viejos pesos (precio actual promedio: 5 millones 500,000 pesos) el 25 de octubre de 1982, fecha en la que Enrique sólo tenía 16 años de edad. Cómo no admirarlo si cuando yo tenía esa edad cursaba la preparatoria y tenía que inventarle a mi padre que necesitaba comprar un libro o un material para hacer un trabajo escolar, con el fin de tener un poco de dinero con que tomarme un café con los amigos. Al saber lo anterior me explico el por qué el nativo de Atlacomulco ha leído poco… ¡Cómo iba a ponerse a leer si estaba dedicado a conseguir dinero para adquirir la precitada morada! Sobre todo si consideramos que a esa edad el que fue gobernador del Estado de México era estudiante y no hay registros de que tuviera alguna actividad laboral.

Recuperar la confianza

Es indudable que el actual estado de cosas en el que nuestro país se hunde no es producto de los dos años de gobierno de Enrique Peña Nieto. Más bien el proceso gradual de la descomposición nacional llegó a tope con los acontecimientos de los últimos meses, de forma tal que México se colapsó justo en el momento en que el mexiquense y su equipo comenzaron a moverlo. La nación no aguantó ni una movida más.

El comentario anterior lo hago sabedor que el presidente se prepara para adoptar decisiones para cambiar lo que no ha funcionado. Peña Nieto ha reconocido la necesidad que tiene el país de que la sociedad y los poderes del Estado unan esfuerzos a favor de la vigencia del Estado de Derecho, el combate a la corrupción y el poner fin a la impunidad, en algo que se avizora será un nuevo acuerdo en el país.

Este acuerdo debe ser real y a profundidad, puesto que la sociedad mexicana no toleraría una simulación más. Por ahí se habla de la creación de una Comisión Anticorrupción, mala cosa. Desde la época napoleónica, se sabe que cuando un asunto del ámbito público no se quiere resolver se debe recurrir a la formación de una comisión.

Esta vez, más que un discurso o un mea culpa, el país requiere una reingeniería del Estado. Si es preciso crear una nueva Constitución que se haga pero, sobre todo, que se cumpla porque en México, para nuestra desgracia, por leyes no paramos, no paramos de violarlas.

Necesitamos cambios y medidas a fondo, no sólo para acabar con la inseguridad en los municipios del país, que es donde el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, ubica el centro del problema de la inseguridad.

Si bien la falta de seguridad y la corrupción policiaca y gubernamental es lacerante, el acuerdo que proponga el mandatario debe contemplar la imposibilidad de continuar con la desigualdad que el país padece. En nuestro territorio viven-si a eso se le puede llamar vida- 52 millones de pobres, 28 millones de ellos no saben si comerán. En contrapartida, 10 de los hombres más ricos del mundo, según el ranking de la revista Forbes, son mexicanos. Las fortunas de éstos 10 multimillonarios juntas suman 132 mil 900 millones de dólares; aproximadamente, 10% del Producto Interno Bruto (PIB) de la nación.

Y entre los pobres muy pobres y los ricos muy ricos, estamos la clase media, también llamada clase pobre alta, pagadores cautivos de impuestos y los mejores clientes de los bancos extranjeros, que en nuestro país ganan lo que las leyes les impiden ganar en sus países de origen.

En cuanto a la impunidad, sería conveniente que el mensaje a la nación para recuperar la confianza viniera acompañado de alguna detención. Existen gobernadores, ex gobernadores, funcionarios públicos y líderes charros a los que sería muy fácil probarles algún delito. Así, la sociedad vería que las intenciones del gobierno de Peña Nieto no sólo son palabras. O como dirían en mi tierra: meando y caminando para no hacer charco.