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La política veracruzana tiene una costumbre peligrosa: cuando un tema no conviene, simplemente se vacía el recinto. No se debate, no se confronta, no se argumenta; se abandona la sesión y se rompe el quórum. Así ocurrió nuevamente en el Congreso de Veracruz, donde diputados de MORENA y sus aliados dejaron sin posibilidad de discusión una iniciativa que buscaba declarar a las cabalgatas como Patrimonio Cultural Intangible del Estado.

No se trataba de una reforma menor ni de un simple capricho legislativo. Detrás de esa propuesta presentada por el diputado del Partido del Trabajo, Ramón Díaz Ávila, había años de organización de grupos de cabalgantes, promotores turísticos y ciudadanos que entienden que las tradiciones también forman parte del desarrollo económico y de la identidad regional.

Las cabalgatas no son solamente hombres a caballo recorriendo caminos rurales. Son encuentros comunitarios, detonantes turísticos, derrama económica para pequeños comercios y una expresión viva de muchas regiones de Veracruz que todavía encuentran en estas actividades una forma de preservar su historia.

Por eso resulta todavía más grave que quienes acudieron desde distintos municipios —Teocelo, Coatepec, Puente Nacional y otros puntos del estado— terminaran observando una escena ya demasiado conocida: curules vacías, sesión terminada y la sensación de que su esfuerzo no importó.

El problema no es únicamente que no se haya discutido el exhorto. El problema es el mensaje político que se envía: la agenda ciudadana puede esperar, la tradición puede esperar, la gente puede esperar. Pero los cálculos internos del poder, esos nunca.

Daniela Blasquez Castillo, integrante del comité de cabalgantes de Coatepec, lo explicó con claridad al hablar de la importancia de estas agrupaciones para impulsar actividades ecuestres vinculadas al turismo y las tradiciones regionales. No estaban ahí por espectáculo ni por protagonismo; estaban defendiendo una identidad cultural.

Ángel Fuentes y Ricardo Romero Cuevas también expresaron la frustración de quienes llegaron con la esperanza de ser escuchados y terminaron viendo cómo la política institucional les cerraba la puerta sin siquiera ofrecer una explicación digna.

“No se pudo porque se levantó la sesión”, parece una frase simple, pero en realidad retrata una vieja enfermedad legislativa: la irresponsabilidad normalizada.

MORENA llegó al poder con la promesa de hacer política distinta, cercana al pueblo y alejada de los viejos vicios parlamentarios. Sin embargo, cuando el quórum se rompe por conveniencia, cuando se evita el debate y cuando se deja esperando a ciudadanos que viajaron horas para estar presentes, la transformación empieza a parecerse demasiado a aquello que juraron combatir.

La declaratoria de las cabalgatas como patrimonio cultural podrá esperar una nueva fecha, una nueva sesión y quizá una nueva oportunidad. Lo que no debería esperar más es la exigencia de respeto institucional hacia los ciudadanos.

Porque si el Congreso se convierte en un espacio donde los temas se “revientan” por ausencia calculada, entonces el problema ya no es una sesión suspendida: es la credibilidad completa del Poder Legislativo.