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Hace muchas décadas, mientras veíamos abajo correr las aguas del Moldava, en Praga, Rodolfo Usigli, tal vez el más olvidado de los dramaturgos mexicanos, quien era entonces embajador, me parece que en Oslo, me reveló el origen de la palabra burdel.

Resulta que las mujeres en Francia que se dedican a lo que se llama la vida alegre, y que inevitablemente es una de las más tristes vidas que se puede pasar, solían habitar y ejercer su oficio en las lejanías de lo poblado, a la orilla del río: au bord de l’eau, bordello.

Tal como se dice en italiano. Ahí iban los mancebos a saciar sus ansias de varonía.

Por esos tiempos debo haber leído la mejor novela de Agustín Yáñez, que se llama precisamente Al filo del agua, que tiene que ver con absolutamente otra marginación: el tiempo que antecede la lluvia, para el caso, los momentos previos a la Revolución Mexicana.

Por una u otra causa, identifico la palabra con la indecisión, la duda, o la incertidumbre provocada para confundir.

Eso es lo que está generando el presidente Trump con los procesos de la supuesta búsqueda de la paz para la guerra de Irán: cada día hay un anuncio distinto sobre la inminencia de un arreglo y simultáneamente un retroceso evidente. A todo el mundo le queda claro que Teherán no aceptará un acuerdo que no le libere sus fondos en los bancos de Occidente, y los Estados Unidos no se levantarán de la mesa hasta que no consigan el compromiso —obviamente cumplido bajo la supervisión norteamericana— de que Irán renuncia explícitamente a las armas nucleares viendo cómo se destruyen físicamente sus poco establecidas reservas de uranio beneficiado.

De alguna manera, y especialmente bajo la presión de la sociedad estadounidense, que similarmente a la población rusa o la persa ya están hasta la madre de las guerras y de las consecuencias que tienen para su cotidiana existencia y de manera especial sus bolsillos, encontrarán algún punto de compromiso. La transa, la negociación, el comercio, es la mejor definición de lo que sucede en los burdeles. Y nadie pretende que la ética, ya no se diga la moral, predomine en esos tratos.

Hace mucho que nos quedó claro que la paz no es precisamente la ausencia de guerras, situación que difícilmente encontraremos en algún momento de la historia registrada: es una entelequia más compleja y, aparentemente, inalcanzable en grado máximo por implicar justicia, bonhomía y generosidad.

Así y todo, somos muchos los millones que nos conformaríamos precisamente con que, en todo el mundo, al menos por un momento las armas callaran y se hablara otro idioma distinto al de la fuerza y conducente a la muerte.

En lugar de este burdel.

PILÓN PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): Poco a poco se va acercando la fiesta nacional de los Estados Unidos, la profusión tricolor del cuatro de julio.

Este año tiene particular relevancia por cumplirse 250 años de la declaración de independencia de las trece colonias originales de lo que iba a ser un día el país más poderoso del mundo.

Se había programado un gigantesco concierto celebratorio con la participación de una pléyade de artistas populares norteamericanos.

Uno a uno se han ido distanciando del evento, previo al 4 de julio. En su lugar, Trump hará en la gran explanada entre el Congreso y el monumento a Lincoln en Washington, conocida como The Mall, un gran mitin con su discurso como pieza central.

En lugar de la presentación de —como dice el presidente— la presentación de unos artistas que nadie escucha, cantan mal, están sobrepagados y lo único que saben hacer es quejarse.

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