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Los bonos del aeropuerto. Hemos empezado a hablar de ellos como si fueran un animal mitológico. En cierto sentido lo son. Parece que tienen vida propia y que están embrujados. Por lo pronto, han convertido en zombi la obra de la terminal en Texcoco; han obligado a hacer su primer frenado a la aplanadora de la Cuarta Transformación (4T) y, si no se liquidan pronto, podrían convertirse en un hongo tóxico para las finanzas públicas. Algunos gurús del mercado advierten que, en el peor escenario, la emisión de 7,800 millones de dólares podría terminar costando entre 10,000 y 12,000 millones de dólares. Eso es muy costoso, pero saldrá barato si el asunto concluye, sin salpicar a otros lados. El mayor costo podría venir en el caso de que el aeropuerto “contamine” la percepción de la deuda de otros emisores, como Pemex, que tiene una deuda de 107,000 millones de dólares.

Los bonos no tienen poderes mágicos, pero han dejado al nuevo aeropuerto en calidad de muerto viviente. A esa obra de infraestructura la mató una consulta, pero no puede descansar en paz. En el momento en que se deje de trabajar en ella, se activa una cláusula de los bonos, que le otorga a los tenedores de esos títulos el derecho a demandar. Son cientos de trabajadores los que aún laboran para terminar la losa de cimentación de algo que pudo ser un aeropuerto.

Los bonos del aeropuerto son sólo papeles, pero su tinta tiene algo de kriptonita. Ante ellos, la cuarta transformación no ha podido aplicar toda su fuerza. El plan presentado el 2 de diciembre por la Secretaría de Hacienda implicaba un desembolso de 90 centavos por dólar y no duró vivo ni 24 horas. La kriptonita de los tenedores obligó a la 4T a poner más billetes en su propuesta. Va en 1 dólar por dólar, más intereses. Es más de 11% superior a la oferta inicial. Tratándose de una emisión de 1,800 millones de dólares, implica un pago adicional de 200 millones de dólares en la oferta del gobierno de México. Es mucho dinero, pero no alcanzó. Los tenedores quieren más y lo conseguirán.

¿Quiénes son los tenedores de bonos? Los partidarios de AMLO pueden verlos como una rémora del neoliberalismo. Sus adversarios, como un contrapeso que les está dando una lección. Sabemos su número, 750 y algunos de sus nombres: JP Morgan; Wells Fargo; UBS; BlackRock; Afore Sura; Pimco; Temasek; Pinebridge. Hay una oficina de abogados que los representa: Hogan Lovells. Es un tiburón que ha olido la sangre. No se alejará sin arrancar un buen trozo de carne. Es el mercado, reconoce AMLO. Es un mercado que funciona con las reglas de Wall Street.

¿Recompra o litigio? Para evitar un largo proceso legal, deberá haber una solución antes de que termine enero. No será fácil. El gobierno busca que los tenedores que mantengan los papeles acepten un cambio en el contrato que, entre otras cosas, permita construir un aeropuerto a menos de 70 km del aeropuerto de la ciudad de México. De parte de los inversionistas, hay preocupación de que los bonos, emitidos por una “hija” de la SCT, no tengan garantía del gobierno federal.

¿Quién tiene el control? lo único claro es que no estaba en los planes de AMLO empezar su sexenio con un proceso de renegociación de la deuda. Esto es algo que marcó sexenios “neoliberales”, como los de Miguel de la Madrid, Carlos Salinas y Ernesto Zedillo. Hay pocas cosas en común entre AMLO y ellos. La diferencia más notable, en este caso, es que la 4T hizo todo para meterse en la renegociación. Los otros fueron obligados por las circunstancias.