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En esta semana en que la operación “Furia Épica” cumple un mes, la Junta de Gobierno del Banco de México nos hará saber, a través de su decisión de política monetaria, si ya se enteró de que en el mundo hay un conflicto geopolítico que ya lo cambió todo, al menos este año.

La bola de nieve de esta guerra pasó del “blitz” estadounidense en Irán, que Trump pretendió que fuera rápido y que buscara desatar una guerra civil que culminara en un cambio de régimen, a un bloqueo petrolero en el Estrecho de Ormuz; a un bombardeo indiscriminado de infraestructura energética en toda la región; a una ruptura de las cadenas productivas con una inflación de costos difícil de combatir.

Los bancos centrales del mundo ya tomaron nota de este impacto estructural en la formación de precios y cómo es particularmente difícil combatir esa inflación que no responde a la demanda interna, sino a esos factores externos tan volátiles.

El Banco de México no puede obviar la encrucijada donde la prudencia mal entendida puede transformarse en una peligrosa complacencia, por creer que tiene margen de maniobra la tasa de interés en su nivel actual de 7 por ciento.

Esa mayoría complaciente de banqueros centrales mexicanos debe poner más atención al ruido ensordecedor de las explosiones en las refinerías del Medio Oriente, que a las palabras presidenciales en la pasada Convención Bancaria, donde se mostraba cierta obsesión por elevar el crédito y donde una tasa más baja cede ante esa urgencia.

Ya había voces al interior del propio banco central mexicano que advertían que la “última milla” del proceso desinflacionario siempre puede ser la más compleja. Bien, pues podríamos estar ante un panorama totalmente diferente que vuelva a alejar a las economías de sus objetivos, tanto de inflación como de crecimiento.

Podríamos estar en ese punto, ya conocido en la pandemia, de tratar de conciliar medidas fiscales de alivio con las determinaciones monetarias pertinentes para cuidar que el avance en el combate a la inflación no se pierda.

Por lo pronto, muchos bancos centrales de las economías desarrolladas ya dejan ver un proceso de recalibramiento de sus estrategias, dejando sentir todo el peso de sus autonomías sobre la urgencia política de los gobiernos de mantener el crecimiento.

La oportunidad que tiene este jueves la Junta de Gobierno del Banco de México va más allá de mejorar su propia imagen y despejar dudas de privilegiar más objetivos fiscales que monetarios, es recuperar la atención de los mercados como una autoridad intransigente con las presiones inflacionarias.

Así, mientras el régimen no tiene más ojos que sacar adelante su Plan B electoral, el Banco de México no debe tener más estrategia que ejercer su autonomía para cumplir con el único plan de su mandato de contener las presiones inflacionarias.

Es mejor considerar como escenario base el más negativo, y posible, por el incremento en los precios de los energéticos y el estrangulamiento logístico global, que perderse en la narrativa político-electoral de tener una tasa baja que fomente el crédito.

La brújula del Banxico tiene que apuntar este jueves hacia la estabilidad de precios y no a los deseos del ejecutivo y de las necesidades de reducir el costo del financiamiento público y privado.