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Muchas personas ni siquiera tienen claro que las amenazas a la democracia y a las instituciones sean un peligro directo a su propia vida cotidiana.

Suena poco creíble para millones que las acciones autoritarias de un solo individuo que detenta todo el poder, que además las presenta como actos de buena voluntad, puedan afectar sus propios intereses. Sin embargo, la relación es directa.

Muchos no creen que aquel que ha resultado hasta ahora como el más grande beneficiario de la democracia mexicana, con su elección como Presidente, pueda ser capaz de destruirlo todo para que nadie más suba por ese peldaño. Pero eso es tal cual lo que hace todos los días el presidente Andrés Manuel López Obrador.

Ayer en el Zócalo de la Ciudad de México vimos que la ceguera no es generalizada y aunque muchos no tuvieran la intención de pararse en esa concentración, porque podía tener cierto tufo opositor, la realidad es que sí se ha extendido el entendimiento del peligro antidemocrático del régimen actual, pero no a una mayoría.

Si el desmantelamiento de las instituciones, vía decreto o ahogamiento presupuestal, parece algo muy abstracto para entender la intentona autoritaria, si no parece un asunto en carne propia que el ejército tenga hoy tantos controles de la vida civil del país, que baste con tratar de explicarse por qué el Presidente usa los medios del Estado cada mañana para dividir al país y para beneficiar a su grupo político.

México vive hoy en una clara polarización y se avala el ataque a quien no piense como el Presidente. Se fomenta una lucha ideológica y de clases, y no somos capaces de detestarlo como sociedad.

El delincuente se siente protegido en un abrazo que hoy parece más cómplice que condescendiente. El corrupto se siente tranquilo, porque ellos no son iguales. La militarización no les ruboriza, porque son pueblo uniformado. El autoritario no parpadea, porque se asume como la viva representación del pueblo.

El problema de que millones de personas no identifiquen los problemas y a sus responsables es que cada mañana se valida el discurso de la lucha contra los molinos de viento del “viejo régimen”.

Esa maestría de mostrarse como un opositor y no como el gobernante responsable directo hace que muchos le abran la puerta al régimen para seguir con el camino destructivo y además en plena búsqueda de las garantías de que nadie se interponga en su camino.

Puede haber un buen o mal gobierno, puede haber opositores ineptos como los actuales, o destructivos como lo fue el propio López Obrador, pero en México ya teníamos la garantía de contar con los instrumentos democráticos para que, por la vía electoral, diéramos la oportunidad a alguien más de acertar o equivocarse.

Y hoy el mayor riesgo está en perder esa fuerza ciudadana de decidir a quién poner o a quién quitar sin la intervención directa del gobernante.

Como son pocos los que se dan cuenta y menos los que actúan ante el uso descarado y faccioso del poder, estamos en camino de unas elecciones que corren el riesgo de ser solo la imposición de la voluntad de una sola persona.