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Hay una nueva moda en muchas partes de Estados Unidos que es tener un gallinero en casa. Backyard chickens , para contrarrestar el incremento constante en el precio del huevo.

Los expertos predicen que tan pronto como pase el episodio de la gripe aviar dejaría de ser atractivo en términos financieros tener un corral propio.

Por ahora, un huevo puede llegar a costar hasta un dólar, cuando hay pollos con potencial de surtir de huevos en la granja familiar que cuestan desde tres a seis dólares. Claro que hay razas de pollitos de 30 o hasta 50 dólares cada uno.

Además, hay que comprar incubadoras, calentadores y sistemas de dispensa de agua y alimentos que superan los 150 dólares, más los granos para alimentar a las aves.

En fin, ese espacio para que las gallinas, seis meses después empiecen con una producción constante, con todo y la mano de obra invertida, seguro que no sería rentable.

El tema no es, por supuesto, esa nueva avicultura pop, sino el ejemplo de cómo querer establecer una cadena propia de producción puede resultar contraproducente para paliar el efecto inicial, en este caso, el incremento temporal del precio del huevo.

A Donald Trump le puede suceder lo mismo con la guerra comercial que amenaza con desatar a nivel mundial.

Aplicar aranceles a diestra y siniestra para forzar una producción local puede resultar a ese país en lo mismo que querer tener gallinas en la azotea, una aventura de malos resultados.

Una economía como la de Estados Unidos está lejos de aspirar al autoconsumo, es imposible que un país del primer mundo pueda producir todo lo que consume y es mala idea pagar sobreprecios por los productos que tienen que importar, pero ese parece ser el modelo propuesto por Donald Trump.

Los consumidores estadounidenses ya empiezan a hacer conciencia de lo que implica el plan de su Presidente de instalar gallineros industriales en sus patios y empiezan a reflejar su desconfianza en las encuestas.

Desde los números de la popularidad del propio presidente Trump, que ya muestran una baja, hasta los datos de la confianza de los consumidores.

De acuerdo con el promedio de las encuestas de Fivethirtyeight, cuando Trump tomó La oficina tenía una aprobación de 50% y una desaprobación de 40%, hoy su aprobación ha bajado a 48% y la desaprobación subió a 47%, porque los indecisos ya tomaron partido.

Y respecto a los consumidores, el índice de confianza de The Conference Borard tuvo su mayor baja desde agosto del 2021, sumó tres retrocesos consecutivos, y deja ver no sólo el impacto inflacionario, con todo y precio del huevo, sino la desconfianza de las políticas arancelarias propuestas por Donald Trump.

Los consumidores entienden ahora que aplicar aranceles implica un incremento en los precios para ellos, en sus mercados, en sus casas, y evidentemente no les gusta.

Estados Unidos es básicamente un país de consumidores, es un exportador neto de capital que ha logrado escalas importantes en la producción offshore .

Los temas de seguridad nacional que sí puede tener el desmantelamiento industrial no pasan por aplicar una barredora global, sino por buscar asociaciones estratégicas, regionales.

Si Donald Trump quiere poner gallineros en su jardín para producirlo todo, se va a equivocar.

Una economía como la de Estados Unidos está lejos de aspirar al autoconsumo, es imposible que un país del primer mundo pueda producir todo lo que consume y es mala idea pagar sobreprecios por los productos que tienen que importar.