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En el retrato de Claudio Lomnitz de Zacatecas como “zona de silencio” (Nexos, junio 2023), hay la historia de un joven reclutado por el crimen.

Su testimonio fue recogido, bajo el seudónimo de José, en el libro Filosofía e inscripción. Vida y muerte en tiempos de excepción (Ediciones Navarra, 2020).

José fue reclutado como narcomenudista por el CJNG, ascendido a chofer, luego llevado a una diestra (campo de entrenamiento ) y ascendido a ejecutor.

Fue sorprendido y detenido por miembros de un cártel rival, probablemente Sinaloa, a quienes les dio por no matarlo. Lo dejaron en el bosque y pudo regresar a su vida anterior, fuera de los cárteles.

Regresó como muerto en vida, gustoso de volver al mundo normal, pero íntimamente anormalizado para siempre.

Como sicario del CJNG, José vivía dentro de una organización jerárquica, que tenía establecidos sueldos y tareas para cada nivel de asociados, en una lógica destructiva de premios y castigos vía la droga y la brutalidad.

A quien rompía las reglas en el mundo de José, lo llevaban una noche a un paraje del monte, en cuyo centro había un tanque alumbrado por los faros de camionetas y “trocas”, dispuestas en círculo.

Luego de un juicio sumario, en el que le informaban de sus culpas, el transgresor era amarrado de pies y manos con “cinta canela”.

El comandante al mando gritaba : “¡Va a haber tanque!”.

Entonces los presentes caían sobre el transgresor a golpes y patadas. El comandante advertía: “Por las pendejadas que hagan, así van a acabar, güeyes”.

Entonces bañaban al transgresor en diésel, lo metían en el tanque y le prendían fuego.

José describe en su testimonio torturas, desmembramientos y ejecuciones, “el olor de la sangre”, dice Lomnitz, “el de una persona quemándose, cuánto pesa una cabeza humana y otras atrocidades”.

De vuelta a la vida normal, José confiesa:

Yo no siento ya como las demás personas. No siento miedo ni amor. Todo eso se pierde.

Todo eso: la simple, cotidiana, sensible humanidad.

La habrán perdido también los sicarios sobrevivientes de escuelas de exterminio como la del rancho Izaguirre, en Teuchitlán.