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He tenido ayer una larga conversación con Fernando Flores, ex ministro de Allende, ingeniero, filósofo y empresario chileno, sobre el estado de ánimo estridente, irritado y descreído que parece gobernar este momento del mundo.

Se refiere al barullo incesante, inconforme, ingobernable que se desborda por las redes sociales bajo el control de nadie, navegando por encima o por debajo o a través de las instituciones y los estados, los gobiernos o los medios.

Nada parece capaz de contener, normar, conducir,  la anárquica soberanía de esas conversaciones sin dueño que son, sin embargo, dueñas invisibles de nuestro estado de ánimo.

El estado de ánimo no es una emoción, o no solo. Tampoco es una consecuencia refleja o simple de lo que nos sucede y nos alegra o entristece.

El estado de ánimo, dice Flores, es un juicio sobre la realidad, un pronunciamiento sobre el mundo y sobre lo que queremos o podemos hacer en él.

No está hecho de razones y conocimientos, o no solo, sino de una suma de percepciones, experiencias y emociones que, más que reflejar la realidad, la construyen, según una misteriosa ley de afinidades y disonancias en nuestro trato con lo que nos rodea.

Hay el estado de ánimo cotidiano, dice Flores, con el que enfrentamos nuestro  cambiante hacer de cada día.

Hay los estados de ánimo coyunturales con el que enfrentamos los retos y las oportunidades que presenta la evolución o el cambio de nuestras sociedades: estados de ánimo fundacionales de nuevos tiempos políticos o económicos, y estados de ánimo crepusculares de los ciclos recesivos, las crisis políticas, las desarticulaciones de economías, regímenes políticos, países.

Hay el estado de ánimo existencial con el que cada persona, y cada generación, asume el valor y el sentido de su paso por la tierra.

Hay, por último, el estado de ánimo “epocal”, dice Flores, que alude al cambio profundo de las civilizaciones, de la mente humana y sus instrumentos.

Fernando Flores piensa que la turbulencia que registra hoy el estado de ánimo del mundo corresponde a las fases iniciales de este último tipo: un estado de ánimo epocal que nos susurra, perturbadoramente, que vamos dejando de ser lo que somos, y estamos obligados a cambiar o a desaparecer.

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